sábado, 29 de febrero de 2020

RECORDANDO A MI "HERMANO MAYOR"

No sé muy bien como comenzar este escrito que sale de dentro y sale de pronto, casi sin pretenderlo.

Estaba revisando los programas de radio que he venido grabando en los últimos años (me gusta escucharme, soy un ególatra, lo sé), el caso es que andaba en ello cuando me he topado con “El Compás” que hace algunos meses le dediqué a la figura de un cantaor que siempre me gustó muchísimo, el gran José Soto Cortés, que así dicho te sonará a poca cosa, pero si nombro a Tijeritas y eres de mi quinta es casi seguro que lo recordarás vestido a la moda ochentera, con unas zapatillas deportivas, un pantalón vaquero, una camisa, una media melena y un pendiente adornando una de sus orejas.

He contado a todo el que me ha querido leer o escuchar de donde viene mi afición por el flamenco pero seguramente sois pocos los que sabéis de donde viene mi afición por Tijeritas.

El titular de esta entrada podría llamar a engaños puesto que yo no tengo ningún hermano mayor, tengo uno menor que yo… al menos de sangre.

Juan José para muchos, JuanJJo o Caco para sus hermanos y sus primos era un chaval del humilde barrio de Tetuán, en Madrid, él ya andaba dando saltos con su BH california y su amortiguador central cuando yo llegué al mundo, entre medias de un hermano mayor que él y una hermana menor, me acogió como el hermano menor que no tuvo y yo me dejé arrastrar a su mundo de películas en formato Beta, discos de Camarón, cromos de fútbol, partidos interminables de fútbol-chapas, dejé que me enseñase a bailar la peonza, no puse dificultad en aprender a montar en bici sin los ruedines traseros y muy pronto, a pesar de los siete años que nos separaban fui uno más en su pandilla, aprendí a encender cigarrillos (aunque no me dejó fumarlos ni yo quise hacerlo) supe como arrancar su Montesa hasta que un día se la robé y salí a toda pastilla con ella por mitad de la calle, recuerdo su estampa en mitad de la calzada dando gritos y con los puños en alto llamando a mi madre para que viniese a reprenderme por mi actitud. Pasados unos minutos su enfado se había diluido y volvíamos a ser uña y carne.

Recuerdo con especial cariño como lo esperaba al venir de trabajar y en cuanto oía el motor de su moto recién estrenada subía la escalera de la casa de mi “Yeya” Carmen para ir a abrazarlo, a que me contase cosas de su día y si tenía suerte a que me llevase a dar una vuelta con la “burra” como gustaba llamar a su Rieju.

Aunque nuestra sangre no nos definía como hermanos yo así lo sentía y creo que él también, a pesar de que  fuese mi primo, lo sentía como algo mmás, como mucho más, tuve más primos, tengo más primos, pero no he logrado tener el contacto tan íntimo y especial que tuve con él.

Yo crecía a su lado, quería ser como él, quería parecerme a él, escuchar la música que escuchaba él. Mientras sus padres construían la segunda planta de su casa, en las noches de verano escuchábamos en un viejo radio casete las cintas de Tijeritas, él fumaba a escondidas y me pedía que no se lo contase a la abuela porque la bronca sería gorda, yo soñaba con crecer, soñaba con ser como él, jugar al fútbol como lo hacía él, saltar por el campo con la moto como él y nadar con su mismo estilo… pero nada de eso pudo suceder, porque mi “Hermano mayor” se fue una noche del mes de julio de 1989 dejándome una herida tan profunda que a día de hoy sigue doliendo, porque lo sigo echando de menos, porque me sigue pareciendo tan injusto que con tan solo diecisiete años tuviese que partir… aquella noche volvía a su casa cuando dos desalmados que iban haciendo carreras por Madrid le quitaron la vida. Aquellos chicos no sabían que aquella noche destrozarían la vida de un pobre chaval adolescente y de su familia… aquellos muchachos en su inconsciencia juvenil al frente de un volante no sabían que marcarían mi infancia y me dejarían huérfano de sensaciones, sin nadie que me siguiese enseñándo las cosas importantes para un niño que sólo quería disfrutar de la compañía de su amigo, su primo, su “hermano mayor”