Estaba revisando los programas de radio que he venido
grabando en los últimos años (me gusta escucharme, soy un ególatra, lo sé), el
caso es que andaba en ello cuando me he topado con “El Compás” que hace algunos
meses le dediqué a la figura de un cantaor que siempre me gustó muchísimo, el
gran José Soto Cortés, que así dicho te sonará a poca cosa, pero si nombro a
Tijeritas y eres de mi quinta es casi seguro que lo recordarás vestido a la
moda ochentera, con unas zapatillas deportivas, un pantalón vaquero, una
camisa, una media melena y un pendiente adornando una de sus orejas.
He contado a todo el que me ha querido leer o escuchar de
donde viene mi afición por el flamenco pero seguramente sois pocos los que
sabéis de donde viene mi afición por Tijeritas.
El titular de esta entrada podría llamar a engaños puesto
que yo no tengo ningún hermano mayor, tengo uno menor que yo… al menos de
sangre.
Juan José para muchos, JuanJJo o Caco para sus hermanos y
sus primos era un chaval del humilde barrio de Tetuán, en Madrid, él ya andaba
dando saltos con su BH california y su amortiguador central cuando yo llegué al
mundo, entre medias de un hermano mayor que él y una hermana menor, me acogió
como el hermano menor que no tuvo y yo me dejé arrastrar a su mundo de películas
en formato Beta, discos de Camarón, cromos de fútbol, partidos interminables de
fútbol-chapas, dejé que me enseñase a bailar la peonza, no puse dificultad en
aprender a montar en bici sin los ruedines traseros y muy pronto, a pesar de
los siete años que nos separaban fui uno más en su pandilla, aprendí a encender
cigarrillos (aunque no me dejó fumarlos ni yo quise hacerlo) supe como arrancar
su Montesa hasta que un día se la robé y salí a toda pastilla con ella por
mitad de la calle, recuerdo su estampa en mitad de la calzada dando gritos y
con los puños en alto llamando a mi madre para que viniese a reprenderme por mi
actitud. Pasados unos minutos su enfado se había diluido y volvíamos a ser uña
y carne.
Recuerdo con especial cariño como lo esperaba al venir de
trabajar y en cuanto oía el motor de su moto recién estrenada subía la escalera
de la casa de mi “Yeya” Carmen para ir a abrazarlo, a que me contase cosas de
su día y si tenía suerte a que me llevase a dar una vuelta con la “burra” como
gustaba llamar a su Rieju.
Aunque nuestra sangre no nos definía como hermanos yo así lo
sentía y creo que él también, a pesar de que fuese mi primo, lo sentía como algo mmás, como
mucho más, tuve más primos, tengo más primos, pero no he logrado tener el
contacto tan íntimo y especial que tuve con él.
Yo crecía a su lado, quería ser como él, quería parecerme a
él, escuchar la música que escuchaba él. Mientras sus padres construían la
segunda planta de su casa, en las noches de verano escuchábamos en un viejo
radio casete las cintas de Tijeritas, él fumaba a escondidas y me pedía que no
se lo contase a la abuela porque la bronca sería gorda, yo soñaba con crecer,
soñaba con ser como él, jugar al fútbol como lo hacía él, saltar por el campo
con la moto como él y nadar con su mismo estilo… pero nada de eso pudo suceder,
porque mi “Hermano mayor” se fue una noche del mes de julio de 1989 dejándome
una herida tan profunda que a día de hoy sigue doliendo, porque lo sigo echando
de menos, porque me sigue pareciendo tan injusto que con tan solo diecisiete
años tuviese que partir… aquella noche volvía a su casa cuando dos desalmados
que iban haciendo carreras por Madrid le quitaron la vida. Aquellos chicos no
sabían que aquella noche destrozarían la vida de un pobre chaval adolescente y
de su familia… aquellos muchachos en su inconsciencia juvenil al frente de un
volante no sabían que marcarían mi infancia y me dejarían huérfano de
sensaciones, sin nadie que me siguiese enseñándo las cosas importantes para un
niño que sólo quería disfrutar de la compañía de su amigo, su primo, su
“hermano mayor”