El rincon de Rafa Trigos
Bienvenido a este pequeño rincón de la red dónde espero que te sientas cómodo. La intención de este blog es compartir contigo recomendaciones literarias, relatos y todo lo que tenga que ver con libros y escritores. Arrímate al calor de la lumbre que vamos a contar historias.
jueves, 21 de mayo de 2026
LAA FAMILIA DE LA SELVA
La tormenta empezó al atardecer.
Primero fue un murmullo lejano sobre las copas inmensas de la selva, un rugido profundo que hizo callar a los pájaros y estremeció el aire caliente del Congo. Después llegó la lluvia, brutal y espesa, como si el cielo entero se hubiese roto sobre la tierra.
El pequeño Gabriel tenía apenas seis años.
Viajaba junto a sus padres en una expedición científica cerca del río Sangha. Su madre era bióloga; su padre, fotógrafo de naturaleza. El niño recordaría durante años el olor del barro mojado, las lonas verdes agitándose por el viento y las voces nerviosas de los porteadores intentando asegurar el campamento.
Luego llegó el caos.
Un árbol gigantesco cayó sobre una de las tiendas. Los hombres comenzaron a gritar. Las lámparas de petróleo se apagaron. Alguien corrió empujando a Gabriel sin querer.
Y el niño echó a correr.
No supo cuánto tiempo estuvo avanzando entre raíces, lianas y oscuridad. Sólo recordaba el ruido monstruoso de la lluvia y el terror de sentirse solo.
Tropezó varias veces. Se golpeó las rodillas. Lloró llamando a su madre hasta quedarse sin voz.
Cuando amaneció, estaba perdido.
Completamente perdido.
La selva se extendía infinita en todas direcciones. Árboles colosales tapaban el cielo. El aire olía a hojas podridas, humedad y flores dulzonas. Insectos desconocidos zumbaban cerca de sus oídos.
Gabriel caminó durante horas.
Tuvo hambre.
Tuvo sed.
Al anochecer escuchó rugidos lejanos y se escondió temblando bajo unas raíces enormes. Pasó la noche llorando en silencio mientras criaturas invisibles se movían alrededor.
Al tercer día ya casi no podía mantenerse en pie.
Entonces aparecieron los chimpancés.
Primero los oyó.
Gruñidos.
Chasquidos.
El sonido de ramas agitándose.
Gabriel levantó la cabeza lentamente y vio varios rostros observándolo desde los árboles: ojos oscuros, inteligentes, inquietantes.
El macho dominante descendió primero.
Era enorme. Negro como la noche. Tenía cicatrices viejas en el pecho y unos brazos larguísimos cubiertos de barro seco. Avanzó lentamente hasta el niño.
Gabriel creyó que iba a morir.
El chimpancé olió su cabello.
Gruñó.
Y luego hizo algo inesperado.
Le lanzó una fruta.
El niño la devoró desesperadamente.
Los animales permanecieron observándolo durante mucho rato. Había hembras con crías agarradas al vientre, jóvenes inquietos y viejos silenciosos de mirada casi humana.
Aquella noche no lo atacaron.
Y al día siguiente tampoco.
Gabriel empezó a seguirlos.
Al principio apenas podía caminar a su ritmo. Los chimpancés avanzaban veloces entre árboles y lianas. Trepaban con facilidad imposible. El niño caía constantemente, se llenaba de heridas y lloraba de agotamiento.
Pero la selva enseña rápido o mata.
Aprendió a encontrar agua en las plantas.
Aprendió a reconocer frutas venenosas.
Aprendió a dormir en plataformas improvisadas de ramas.
Pasaron los meses.
Luego los años.
Y Gabriel dejó de hablar.
Las palabras humanas se fueron borrando lentamente de su mente como tinta bajo la lluvia. En su lugar llegaron gruñidos, sonidos guturales y gestos corporales.
Se volvió salvaje.
El sol tostó su piel hasta volverla oscura y áspera. Su cabello creció largo y enredado. Sus manos desarrollaron callos gruesos. Caminaba casi siempre agachado. Podía trepar árboles con una velocidad asombrosa.
Los chimpancés terminaron aceptándolo como una criatura extraña pero perteneciente al grupo.
La hembra más vieja, a la que Gabriel asociaba con una madre, compartía comida con él. Dormía cerca durante las noches frías y lo defendía de algunos machos jóvenes agresivos.
La selva se convirtió en su hogar.
Conocía los sonidos de cada ave.
El olor de la lluvia horas antes de caer.
La presencia de leopardos escondidos entre las sombras.
Veía morir animales devorados vivos. Veía monos caer desde árboles tras ser mordidos por serpientes. Veía luchas brutales entre chimpancés donde los machos se arrancaban trozos de carne a mordiscos.
Y él también se volvió brutal.
Una vez, durante una pelea territorial, Gabriel atacó junto al grupo a otro chimpancé macho. Lo golpeó con piedras y ramas mientras escuchaba gritos espantosos. Aquella noche se quedó observando sus propias manos manchadas de sangre bajo la luna.
Tenía ya trece años.
Había olvidado completamente quién era.
Un día aparecieron hombres armados.
Cazadores furtivos.
Gabriel los observó desde lo alto de un árbol mientras fumaban y reían alrededor de un fuego. Llevaban viejos fusiles soviéticos y botellas de alcohol barato.
Aquella misma noche escuchó disparos.
Los chimpancés huyeron aterrados.
Gabriel vio caer al viejo macho dominante, el mismo que años atrás le había lanzado aquella fruta salvándole la vida. El animal intentó levantarse con el pecho destrozado mientras expulsaba sangre oscura por la boca.
Murió mirando a Gabriel.
Algo cambió dentro del muchacho.
Por primera vez en años sintió odio humano.
Esa noche descendió silenciosamente hacia el campamento de los cazadores. Ya no era un niño. Era fuerte, rápido y conocía la selva mejor que cualquiera.
Robó un machete.
Esperó.
Cuando uno de los hombres se alejó para orinar entre los árboles, Gabriel lo atacó desde atrás.
El machete descendió una vez.
Y otra.
Y otra.
La selva se llenó de gritos.
Los demás cazadores dispararon a ciegas mientras Gabriel escapaba entre la oscuridad como un animal furioso.
Desde entonces comenzaron las historias.
Los aldeanos hablaban de un espíritu salvaje que protegía a los simios. Algunos aseguraban haber visto un hombre desnudo moviéndose entre los árboles como un fantasma.
Pasaron todavía más años.
Hasta que llegó la expedición francesa.
Lo encontraron cerca de un río, bebiendo agua junto a varios chimpancés juveniles.
Tenía diecinueve años.
Estaba cubierto de cicatrices.
No hablaba.
Cuando intentaron acercarse, atacó violentamente a uno de los científicos arrancándole parte de la oreja de un mordisco.
Tardaron semanas en capturarlo.
Lo encerraron en una instalación médica improvisada. Gabriel gritaba toda la noche. Se golpeaba contra las paredes. Rechazaba la ropa. Sólo comía fruta cruda.
Los periódicos europeos hablaron del “niño salvaje del Congo”.
Psicólogos, médicos y periodistas llegaron desde distintos países.
Intentaron enseñarle nuevamente el lenguaje.
Intentaron devolverlo a la civilización.
Pero algo fundamental se había roto para siempre.
Gabriel nunca volvió a adaptarse.
Las luces eléctricas le aterraban. Los coches lo hacían entrar en pánico. No soportaba los edificios cerrados ni el ruido constante de las ciudades.
A veces pasaba horas enteras mirando árboles desde la ventana.
Llorando en silencio.
Consiguió aprender algunas palabras sueltas con el tiempo. Muy pocas.
Una enfermera francesa le preguntó una vez:
—¿Qué recuerdas de la selva?
Gabriel permaneció callado durante largo rato.
Finalmente respondió con voz áspera, casi animal:
—Allí… yo tenía familia.
Y después ya no quiso hablar nunca más.
miércoles, 1 de abril de 2026
TORRIJAS Y ESTRELLAS
Había algo mágico en aquellas Semanas Santas de finales de los 80 y principios de los 90, algo que no se ha vuelto a repetir con la misma intensidad. Cuatro días que parecían una vida entera, desde el Jueves Santo hasta el Domingo , en la casa de mi tía en Valdetorres del Jarama, en aquella urbanización medio perdida donde la luz no llegaba y la noche se encendía a golpe de motor de gasoil. A las ocho en punto de la tarde arrancaba aquel generador que rugía como si despertara a todo el campo, y con él llegaba la luz, una luz amarillenta, casi tímida, que sabíamos que tenía fecha de caducidad: las doce de la noche . Después, la oscuridad absoluta, el silencio, el cielo lleno de estrellas como ya no se ven.
Antes de eso, la casa olía a torrijas. Las de mi yeya Carmen. Ese olor dulce, a canela, a leche caliente, a pan empapado en memoria, lo llenaba todo. Y ella, firme, sin titubeos, vigilando que el Viernes Santo se respetara como mandaban los años y la tradición. Nada de carne. Ese día tocaba potaje de bacalao, espeso, humeante, con ese sabor que al principio costaba entender pero que terminó siendo parte del ritual.
Las tardes eran nuestras. Bicis que chirriaban por los caminos de tierra, balones que no entendían de porterías y se perdían entre risas, rodillas llenas de polvo y libertad. El sol ya apretaba, engañándonos con promesas de verano, y nosotros mirábamos la piscina con deseo, sabiendo que aún no tocaba, que el agua seguía siendo territorio prohibido.
Dentro, la modernidad tenía forma de televisor pequeño en blanco y negro, conectado a una batería de coche. Allí desfilaban aquellas películas religiosas eternas, de gestos lentos y miradas profundas, que veíamos medio en serio, medio en juego, mientras fuera el mundo seguía oliendo a campo y a primavera.
Y en medio de todo eso, aquel niño casi ciego, intentando no quedarse atrás, queriendo correr igual, montar en bici igual, ser uno más en cada aventura. Aprendiendo a orientarse no solo con la vista, sino con los sonidos, con las voces, con la memoria de cada rincón. Sin saberlo, ya estaba construyendo su manera de estar en el mundo.
Era la España de cintas de cassette rebobinadas con boli, de tardes de radio, de coches sin cinturones traseros y conversaciones sobre la tele en blanco y negro que poco a poco iba dando paso al color. Una España que cambiaba despacio, pero en la que aquellos pequeños mundos, como el de esa casa sin luz, seguían latiendo al margen del tiempo.
Y ahora, cuando cierro los ojos, todavía puedo escuchar el motor arrancando, oler las torrijas, sentir el polvo en las manos… y volver, aunque sea por un instante, a aquellos días que lo fueron todo.
miércoles, 11 de marzo de 2026
UNA JORNADA FATÍDICA
Recuerdo perfectamente lo que estaba haciendo aquella mañana del 11 de marzo de hace ya 22 años.
Quedaban a penas 4 días para celebrar mi primer cuarto de siglo y eso por razones varias me parecía importante, quería organizar algo chulo con los colegas, sobre todo con los “radiopitas" de Móstoles, gente con la que compartía tantas horas de mi vida.
Cuando mi madre y yo acompañados de Macro (mi primer perro-guía) salimos a la calle, Juan, el pòrtero de nuestro edificio nos comunicó que algo estaba pasando, que aquel no era un día normal, que el servicio de cercanías estaba interrumpido desde hacía al menos media hora.
Lo primero que hice al escuchar estas palabras fue extraer de mi mochila el pequeño transistor que me acompañaba a casi todas partes y que hacía de mi día a día en mi trabajo un lugar menos solitario, más divertido, más feliz. Casi de inmediato las voces de Luis del Olmo o de Iñaki Gabilondo pusieron algo de luz a lo que ocurría. Lo primero que me viene a la mente cuando pienso en aquella mañana casi primaveral de 2004 es el abrazo desconsolado en el que nos fundimos mi madre y yo cuando escuchamos que la cifra de personas fallecidas no cesaba de aumentar.
Mientras Macro jugaba en el parque, ajeno a los terribles sucesos que se estaban dando a pocos kilómetros de nosotros, ambos nos quedamos impactados con lo que escuchábamos salir por el altavoz de aquel pequeño y viejo transistor (que sigo conservando y usando)
De las primeras cosas que me llamaron la atención fue la ausencia de sonidos conocidos, el tren que cubre la línea entre El Soto y Humanes de Madrid no circulaba y no lo hizo durante varios días, parecía haber menos coches transitando las calles, menos autobúses, no se oía el alborozo de los niños al ir al colegio, ni las voces de las madres llamándolos o pidiéndoles que no cruzasen la calle solos.
Cuando entramos en el Metro (que si funcionaba) la sensación de tristeza, incredulidad, confusión… era casi total, la gente sabía lo que había sucedido, ktodos los que íbamos en los vagones lo sabíamos, pero creo que nadie podíamos ni sabíamos darle nombre, aquello nos superó a todos, a los madrileños que vivimos en shock aquellas horas, a los políticos, a todos los políticos…
Ya en mi lugar habitual de trabajo pude escuchar orgulloso como las gentes de Madrid de forma anónima, desinteresada y solidaria ¡como siempre! Acudía en masa a Atocha y el resto de estaciones afectadas para donar sangre, llevar mantas, aportar vehículos, ayudar en lo posible a las víctimas de aquel terrible suceso que conmovió los cimientos de toda una nación.
A día de hoy los atentados de Madrid nos siguen doliendo profundamente a todos los que vivimos una jornada tan histórica como triste.
Se proclamó el Día Europeo de las Víctimas del Terrorismo y cada 11 M seguimos recordando a 193 personas que se fueron demasiado pronto, de una manera tan injusta que nos sigue
pesando muy adentro.
Seguimos recordando a los más de 1800 heridos que sufrieron y siguen sufriendo las secuelas de aquella trágica mañana.
22 años después a 550 kilómetros de la capital de España, cada 11 M mi corazón y mi mente viaja a la ciudad que me vió nacer y a la que tanto me gusta volver, desde Sevilla, con Madrid siempre en el alma
Rafa Trigos
lunes, 23 de febrero de 2026
EL SECRETO
Hoy bicheando un rato por el facebook, encontré esto que pensé en compartiros y es que de vez en cuando, esto de las redes sociales puede llegar a ser útil.
__________
He escondido un secreto en el cajón de abajo de mi mesa durante quince años. Esta mañana, cuando la directora me mandó llamar, de verdad pensé que se me venía el mundo encima.
—Señora Navarro, cierre la puerta, por favor —me dijo.
Sentí el corazón golpeándome en el pecho. Llevo casi treinta años dando Geografía e Historia en 2º de ESO. Conozco las normas, los papeles, las frases correctas para no meterse en líos. Y también sabía esto: lo que yo guardaba en ese cajón no encajaba en ningún protocolo.
Todo empezó hace diez años, durante un invierno duro, de esos que te cortan la cara cuando sales al patio y te dejan las manos ardiendo del frío.
En la última fila se sentaba una niña, Alba. Lista, despierta… y tan callada que parecía hecha para pasar desapercibida. Un día, en un control, vi cómo le temblaban las manos. Rojas, agrietadas, con pequeñas heridas en los nudillos.
No llevaba abrigo. Nunca. Ni siquiera cuando el viento se colaba por los pasillos.
No monté un drama. No hice preguntas delante de toda la clase. Conozco esa mirada que cae después sobre los niños: una mezcla de curiosidad y pena que se les queda pegada como una etiqueta.
En el recreo salí deprisa. Compré unos guantes, unos calcetines gordos y una bufanda. Nada especial, nada caro. Solo lo suficiente para aguantar.
Volví al aula, lo metí todo en el cajón de abajo y pegué una nota encima:
“Para quien tenga frío. Sin preguntas.”
A las tres de la tarde, el cajón estaba vacío.
A la mañana siguiente, en su lugar, apareció una barrita de cereales.
Así nació “el cajón”.
Al principio pensé que se quedaría en eso: algún guante, algún paquete de pañuelos. Pero un instituto tiene un instinto especial para lo que no se dice. Y cuando un chaval entiende que existe un sitio donde puede coger algo sin quedar señalado, la noticia corre rápido, en voz baja.
Ese cajón no era para clips.
Era para esas urgencias pequeñas de las que casi nos da vergüenza hablar.
Había desodorante para un chico al que machacaban en el vestuario.
Había compresas para las niñas que, ciertos días, entraban al baño con la cara tensa y los ojos al suelo.
Había galletas, crackers, algún puré de fruta en bolsita, porque para algunos el comedor era un lujo y el hambre no espera a la salida.
Me puse una regla sencilla, casi sagrada:
Cuando el cajón se abría, yo me giraba.
No quería saber quién cogía qué. No por indiferencia. Por respeto. Porque la dignidad, a veces, es que nadie te mire justo en ese momento.
Con el tiempo se convirtió en el secreto peor guardado del centro. Algún compañero dejaba “sin querer” un paquete de pañuelos en mi mesa, o un par de barritas de más. Nadie hacía discursos. Solo una mirada, un gesto mínimo, como diciendo: lo entiendo, y estoy aquí.
Y entonces llegó Iván.
Iván era “el difícil”, el que se mencionaba en la sala de profesores con palabras gastadas: desafiante, cerrado, imposible de alcanzar. Llevaba siempre la misma sudadera con capucha, capucha puesta, mirada baja, como si quisiera desaparecer dentro de la tela.
El martes pasado se quedó después del timbre.
El aula estaba vacía. En el pasillo se oían portazos, risas lejos. Él se plantó delante de mi mesa y empezó a golpear el suelo con el pie, nervioso. Parecía enfadado, pero yo ya lo sé: muchas veces el enfado es solo un guardaespaldas para que nadie vea lo que duele.
—¿Es verdad? —soltó, sin mirarme.
—¿Qué cosa, Iván?
Tragó saliva.
—Lo del cajón… ¿es para todos?
Hablé despacio, como se habla cuando no quieres asustar a nadie.
—Es para quien lo necesite. Sin preguntas.
Se quedó quieto un segundo, como esperando una trampa. Y entonces fue todo rapidísimo.
Abrió el cajón de un tirón y agarró un tubo de pasta de dientes, un par de calcetines limpios y tres barritas. Lo cerró de golpe y salió casi corriendo.
Me quedé sola, con las manos apoyadas en la mesa, con una tristeza que quemaba y, al mismo tiempo, un alivio. Porque lo que acababa de coger no era “un capricho”. Era lo básico.
A la mañana siguiente llegué temprano. El cajón estaba entreabierto.
Dentro, encima de las bolsitas de frutos secos, había un gorro doblado. No era nuevo. Gris, algo gastado, con bolitas de tanto uso.
Debajo, un folio arrugado arrancado de un cuaderno.
“Mi padre dice que no se puede coger sin dar. Este gorro era de mi hermano. Da calor. Gracias por la comida.”
Me quedé mirando esas letras torcidas y lloré sin darme cuenta. Las lágrimas cayeron en el café, en el silencio de la mañana, sobre ese papel que tenía más orgullo que muchos discursos.
Y por eso, hoy, en el despacho de la directora, tenía la garganta cerrada.
Estaba lista para defenderme. Para decir que es difícil aprender fechas y mapas cuando te duele el estómago. Que no puedes pedir concentración a quien solo está intentando llegar a la noche.
La directora deslizó un papel hacia mí.
No era un parte. No era una amonestación.
Era un mensaje de un padre. El padre de Iván.
Decía que encadenaba horas, que lo intentaba de verdad, pero que últimamente la vida se había convertido en decisiones pequeñas y crueles: la luz o el detergente, la compra o la gasolina. Y decía algo que me dejó sin aire: Iván había vuelto a casa sonriendo, por primera vez en meses.
Y había una frase que se me quedó clavada:
“Iván me dijo: ‘La profe Navarro no nos mira por encima del hombro. Ayuda y ya.’ Gracias por hacer que mi hijo se sintiera una persona.”
Cuando levanté la vista, la directora tenía los ojos brillantes.
—Oficialmente, no podemos llevar esto como centro —susurró.
Luego abrió el bolso, sacó un billete de veinte euros y lo dejó sobre la mesa, casi con pudor.
—He visto que se te está acabando el champú —añadió—. Y no quiero que ese cajón se quede vacío.
Fuera, la gente discute por todo. Se grita, se compite, se quiere tener razón.
En mi aula nadie viene a ganar.
Aquí solo se intenta no sentirse solo.
Solo se necesita que alguien se dé cuenta de que tienes frío.
De que tienes hambre.
Y a veces —lo he aprendido con los años— la distancia entre “no puedo más” y “aguanto un día más” no es una gran idea ni una frase perfecta.
A veces es solo un cajón de abajo.
Y una persona que decide no mirar hacia otro lado.
martes, 17 de febrero de 2026
DONDE DUERME EL MAL
El pueblo dormía temprano en aquellos años ochenta, cuando las persianas de madera se cerraban al caer el sol y el silencio solo lo rompía el zumbido lejano de algún televisor en blanco y negro o la radio encendida con el parte nocturno. Las calles eran estrechas, empedradas, con farolas amarillas que lanzaban una luz cansada sobre fachadas encaladas. En la plaza, la fuente seguía manando agua incluso de madrugada , y el bar de Julián apuraba las últimas copas de coñac Soberano antes de echar el cierre.
Nadie recordaba exactamente cuándo empezó todo. Solo que, de repente, el pueblo dejó de ser seguro.
El primer cuerpo apareció en el camino que llevaba a las huertas. Un anciano, conocido por madrugar cada día para revisar sus olivos, yacía boca arriba, con la boina caída a un lado y los ojos abiertos mirando a ningún sitio. El hacha estaba apoyada contra un tronco cercano, manchada, pesada, de esas que se usaban para partir leña en invierno. No había dudas de lo ocurrido: el golpe había sido brutal, directo, definitivo. El médico del ambulatorio dijo poco; la Guardia Civil acordonó la zona y el rumor empezó a extenderse como un veneno lento.
Aquella noche, en las casas, se subió el volumen de los televisores. En “Un, dos, tres” nadie reía. Las madres miraban el reloj y llamaban a los niños que aún jugaban en la calle. Los padres cerraban con cerrojo y dejaban la escopeta apoyada tras la puerta, aunque hacía años que no la tocaban.
El segundo asesinato llegó dos días después. En la carnicería. El dueño fue encontrado al amanecer, entre los ganchos y el serrín empapado. El hacha había golpeado una y otra vez hasta convertir el lugar en un escenario imposible de olvidar. Las paredes conservaban marcas profundas, astilladas, como si la violencia hubiera querido dejar su firma. Nadie dudó ya de que el asesino caminaba entre ellos.
Se hablaba de un perturbado, de alguien que había vuelto al pueblo tras años fuera, de un hombre solitario que vivía en una casa en ruinas al borde del monte. Algunos decían haberlo visto hablar solo, arrastrando un saco al caer la tarde. Otros aseguraban que era imposible, que en un sitio tan pequeño todo se sabía, que aquello no podía estar pasando.
Pero pasó.
La tercera víctima fue una mujer joven, maestra, que regresaba a casa después de dar clases de refuerzo. La encontraron en el portal de su edificio, con las llaves aún en la mano. El golpe había sido certero, silencioso, calculado. El asesino había esperado en la escalera, oculto entre sombras, y había descargado el hacha con una precisión fría. La sangre bajaba despacio por los escalones, marcando el camino de la huida.
El miedo se instaló definitivamente. El pueblo olía a terror y a gasoil de los coches de la Guardia Civil que patrullaban sin descanso. Las tiendas cerraban antes, el bar quedó vacío, las misas se llenaron de rezos desesperados. Nadie caminaba solo de noche . Nadie confiaba ya en nadie.
El del hacha no se detenía.
Entró en una casa durante la madrugada, rompiendo una ventana del patio. Dentro dormía una familia. El padre no tuvo tiempo de reaccionar cuando el primer golpe cayó sobre él, arrancándolo del sueño para llevarlo a la muerte en un segundo. La madre gritó, un grito largo, animal, que se apagó cuando el arma volvió a bajar. El asesino se movía con una calma aterradora, como si cada gesto estuviera ensayado. El hacha subía y bajaba, y cada impacto dejaba un cuerpo inmóvil sobre el suelo de baldosas frías.
Los niños sobrevivieron solo porque se escondieron bajo la cama, paralizados, con la boca tapada para no hacer ruido. Desde allí vieron las botas manchadas, escucharon la respiración agitada del hombre, el sonido húmedo del metal al ser retirado. Aquellos niños no olvidarían jamás ese sonido.
El pueblo despertó con sirenas y llantos. Ya nadie hablaba de un loco. Se hablaba del mal.
La caza comenzó. Linternas, escopetas, palos. Hombres que nunca habían hecho daño a nadie recorriendo calles y caminos con el corazón desbocado. Lo encontraron al amanecer, en el viejo almacén de aperos. Estaba sentado en el suelo, abrazando el hacha, balanceándose hacia adelante y hacia atrás, murmurando palabras incomprensibles. Tenía las manos cubiertas de sangre seca, la ropa rígida, los ojos perdidos en algún lugar que no pertenecía a este mundo.
No opuso resistencia. Se dejó llevar, sonriendo.
Cuando se lo llevaron, el pueblo respiró… pero no volvió a ser el mismo. Durante años, cada farola encendida recordaba una sombra. Cada golpe seco, cada hacha apoyada junto a una chimenea, traía de vuelta el miedo. En los ochenta quedaron los casetes, los televisores, las fiestas patronales… y la certeza de que el terror también había vivido allí, caminando despacio por calles tranquilas, con un hacha al hombro.
martes, 13 de enero de 2026
EL FIN
Al principio hubo refugios. Casas con tablones, supermercados con velas, familias que aún se decían “aguanta”. Los vivos aprendieron a contar munición como quien cuenta días. Aprendieron a no llorar, porque el llanto llamaba. Aprendieron a dormir sentados.
Con el tiempo, los zombies fueron ganando algo peor que fuerza: costumbre. Dejaron de dar miedo. Eran parte del paisaje, como farolas rotas. Los vivos empezaron a perder nombres; se llamaban por funciones: el que corre, la que cura, el que dispara. El lenguaje se fue haciendo pequeño, y con él, la esperanza.
Cuando cayó el último refugio nadie lo supo. No hubo una explosión ni una noticia de última hora. Simplemente, una mañana no quedaba nadie esperando a que amaneciera. Las radios seguían hablando solas, repitiendo mensajes de rescate que ya no iban a ningún oído humano.
Los zombies ocuparon las casas, las escuelas, los parques. No celebraron nada. No sabían hacerlo. Se quedaron quietos a veces, mirando al vacío, como si algo antiguo quisiera volver y no pudiera. El mundo siguió funcionando por inercia: el viento movía papeles, los mares subían y bajaban, los relojes marcaban horas que ya no importaban.
Y entonces ocurrió lo peor, lo verdaderamente trágico.
Los zombies empezaron a apagarse.
Uno a uno fueron cayendo, sin ruido, sin hambre, sin rabia. El virus, sin cuerpos vivos que renovar, se consumió a sí mismo. En pocos meses no quedaba ninguno. La Tierra quedó limpia. Silenciosa. Perfecta.
No había nadie para verla.
No había nadie para recordar.
No había nadie para empezar de nuevo.
El apocalipsis no terminó con un monstruo devorando al último humano.
Terminó con un planeta entero esperando, para siempre, a que alguien vuelva a nacer.
martes, 6 de enero de 2026
LOLA Y LA NOCHE QUE HABLÓ SAN JULIÁN
El siguiente relato que he escrito como siempre desde el corazón, he decidido que tras grabarlo para la radio, lo escuches. Es un relato que debe ser escuchado con calma, con auriculares y abrir bien los oídos y el corazón para que Lola, su barrio y los magos de oriente entren de lleno en tí.
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