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miércoles, 1 de abril de 2026
TORRIJAS Y ESTRELLAS
Había algo mágico en aquellas Semanas Santas de finales de los 80 y principios de los 90, algo que no se ha vuelto a repetir con la misma intensidad. Cuatro días que parecían una vida entera, desde el Jueves Santo hasta el Domingo , en la casa de mi tía en Valdetorres del Jarama, en aquella urbanización medio perdida donde la luz no llegaba y la noche se encendía a golpe de motor de gasoil. A las ocho en punto de la tarde arrancaba aquel generador que rugía como si despertara a todo el campo, y con él llegaba la luz, una luz amarillenta, casi tímida, que sabíamos que tenía fecha de caducidad: las doce de la noche . Después, la oscuridad absoluta, el silencio, el cielo lleno de estrellas como ya no se ven.
Antes de eso, la casa olía a torrijas. Las de mi yeya Carmen. Ese olor dulce, a canela, a leche caliente, a pan empapado en memoria, lo llenaba todo. Y ella, firme, sin titubeos, vigilando que el Viernes Santo se respetara como mandaban los años y la tradición. Nada de carne. Ese día tocaba potaje de bacalao, espeso, humeante, con ese sabor que al principio costaba entender pero que terminó siendo parte del ritual.
Las tardes eran nuestras. Bicis que chirriaban por los caminos de tierra, balones que no entendían de porterías y se perdían entre risas, rodillas llenas de polvo y libertad. El sol ya apretaba, engañándonos con promesas de verano, y nosotros mirábamos la piscina con deseo, sabiendo que aún no tocaba, que el agua seguía siendo territorio prohibido.
Dentro, la modernidad tenía forma de televisor pequeño en blanco y negro, conectado a una batería de coche. Allí desfilaban aquellas películas religiosas eternas, de gestos lentos y miradas profundas, que veíamos medio en serio, medio en juego, mientras fuera el mundo seguía oliendo a campo y a primavera.
Y en medio de todo eso, aquel niño casi ciego, intentando no quedarse atrás, queriendo correr igual, montar en bici igual, ser uno más en cada aventura. Aprendiendo a orientarse no solo con la vista, sino con los sonidos, con las voces, con la memoria de cada rincón. Sin saberlo, ya estaba construyendo su manera de estar en el mundo.
Era la España de cintas de cassette rebobinadas con boli, de tardes de radio, de coches sin cinturones traseros y conversaciones sobre la tele en blanco y negro que poco a poco iba dando paso al color. Una España que cambiaba despacio, pero en la que aquellos pequeños mundos, como el de esa casa sin luz, seguían latiendo al margen del tiempo.
Y ahora, cuando cierro los ojos, todavía puedo escuchar el motor arrancando, oler las torrijas, sentir el polvo en las manos… y volver, aunque sea por un instante, a aquellos días que lo fueron todo.
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