jueves, 18 de febrero de 2021

DÍA MUNDIAL DE LA RADIO

Me despierto, el primer botón que activo es el de la radio, el primer objeto que tocan mis manos es mi radio a pilas que llevo escuchando tantos años, voy al baño, me aseo y llevo la radio en la mano, mientras se calienta el café y la tostada la gente de Canal Sur radio me cuenta lo que sucede en mi tierra de adopción, contagios y fallecidos llenan las primeras horas de la mañana. Sigo conectado al transistor, poco a poco se va arreglando el panorama y dejo de escuchar la palabra crisis, virus, enfermedad… y se empieza a escuchar a los oyentes contando sus cosas, anécdotas, vivencias, alegrías y algunas penas, abogados que pasan por los micrófonos echando un cable a los que no tienen forma de defenderse contra los que abusan de su poder desde una empresa telefónica, un concesionario de coches, o una tienda que le ha querido cobrar un vestido a una novia que a causa de la pandemia no pudo casarse, es la radio, es esa vieja compañera la que está al lado de los más vulnerables que llaman y piden ayuda, buscan que alguien les socorra y es la voz que sale del receptor la que le proporciona esa ayuda. Pasa el día y el transistor sigue contando penas y alegrías, voy al gimnasio y cambio la radio por el móvil, las ondas hercianas son reemplazadas por las conexiones a Internet, pero la esencia es la misma, ya no solo suena la radio pública de Andalucía, gracias a lo que llamamos nuevas tecnologías aunque lleven más de veinte años con nosotros, también puedo escuchar radios de otros lugares de España y del mundo. Así que mientras mi corazón parece que va a salirse del pecho, mientras corro sobre la cinta o trabajo en la bhici estática, se suman nuevas voces a la fiesta que se monta cada día en mi cabeza gracias a los hombres y mujeres que conforman la radio. Llego a casa y mientras me ducho en mi receptor suena música, que también forma parte del mundo radiofónico, salgo de la misma, conecto el ordenador para trabajar en algunas cosas que tengo pendientes y… sí, correcto, enciendo la radio, aunque esta vez no sólo puedo escuchar, también puedo hablar, puesto que se trata de mi emisora de CB, esa vieja radio que un día mi padre se trajo de Bilbao cuando trabajaba en la ciudad norteña, supongo que no fue capaz de saber el veneno que me metía en el cuerpo y que a día de hoy sigue expandiéndose por mis venas, charlo un rato con mis colegas, ¡toca comer! Y mientras pponemos las cosas en la mesa… suenan las noticias y las sintonías que las anuncian. El momento de la televisión ha llegado, sólo porque mi mujer quiere, que si de mí dependiese no sería así… Nos hemos puesto al día de la actualidad deportiva que por estos lares es casi la que más interesa… Por la tarde y tras leer un rato siento que necesito un chute de radio, un chute de frescura en mi cabeza y vuelvo a sintonizar, de seguir así creo que voy a dejar el transistor sin pilas ¡no voy a ganar para tantas! Llega la noche y como siempre, como cada día desde hace más de treinta y tantos años me duermo con el aparato de radio conectado, no sé que hora es cuando me despierto y escucho una voz a mi lado, no se oye nada en la calle, ni los grillos, ni el camión de la basura, ni las mesas del bar, escucho las señales horarias… ¡es Jesús bigorra! Son las 6 de la mañana en Andalucía, en España… tengo sueño, pero ya que estoy… pues me quedo con Jesús y me entero de todo lo importante de la jornada y así vuelve a comenzar un nuevo día.