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sábado, 17 de julio de 2021
LA SOLEDAD
Sintió todo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros, toda la presión de su país sobre sus manos, creyó oír las voces de aquellos que le precedieron en el intento. Nunca pensó que aquel niño que con tan sólo seis años y acompañado de su padre los días de entrenamiento viajaba de su pueblo a la gran ciudad para cumplir su sueño podría lograrlo, recordó a sus abuelos, tíos, primos y sobre todo a sus padres, aquellos dos fantásticos seres humanos que se lo habían dado todo, que habían creído en él desde el minuto uno. Su padre, aquel hombre callado, de gesto adusto y mirada seria pero afable, que siempre le dijo, los pies en el suelo, la cabeza alta, que no se te suba la fama a la cabeza, cuando siendo apenas un chaval de dieciocho años debutó en primera división, vistiendo la camiseta del equipo de toda su vida, probablemente el equipo más laureado no sólo de su país, también del mundo.
Las tardes en aquel viejo coche que conducía su padre se hicieron más nítidas que nunca en su memoria. Él siempre quiso ser portero, suponía que porque nadie quería ponerse bajo los palos o porque realmente le gustaba parar y sentía que era bueno en aquello de atajar el balón. Recordaba las largas tardes de verano, el sol picaba en la piel, el olor del césped (si los mayores les habían dejado jugar) y si no el tacto de la tierra áspera en sus rodillas, los gritos de júbilo al marcar gol o de contrariedad si habían recibido otro, los adultos apoyados en las vallas del terreno de juego admirando a aquel jóven portero y sus prodigiosas paradas, los guantes que le trajeron los Reyes Magos aquella mañana de un seis de enero lejano ya en el tiempo.
Había trabajado duro para llegar allí. Los cuartos de final de los campeonatos habían sido una barrera natural para la selección española, una y otra vez el equipo nacional caía invariablemente en aquella ronda fatídica, no se podía decir que los jugadores que vestían la camiseta roja de España no estuviesen capacitados para llegar lejos en Mundiales o campeonatos europeos, pero lo cierto es que siempre terminaban decepcionando y decepcionados, por eso, a tantos kilómetros de casa y frente a una de las mejores selecciones del planeta pocos eran los que confiaban en que la historia no se repitiese.
Italia había sido campeona del mundo en 2006, donde todos coincidían en que España había realizado un buen campeonato a pesar de haber caído frente a Francia que había resultado a fin y a la postre subcampeona de aquel mismo Mundial, perdiendo la final frente a los italianos, el equipo entrenado por el mítico Luis Aragonés estaba en plena transición y jugadores destacados en la historia no sólo del combinado nacional sino del fútbol mundial habían visto aquellos partidos desde casa, cayendo toda la responsabilidad y representatibidad de la nación en aquel grupo que comenzaba a hacerse fuerte, aquel grupo de muchachos venidos de todos los rincones de la península, Madrid, Cataluña, andalucía… todo el país estaba representado por aquellos chicos que basaban su juego en una idea algo romántica del balompié, donde lo prioritario era siempre divertirse.
El portero se colocó en su lugar de trabajo, le costaba recordar cuantas horas, cuantas tardes, cuantos días había pasado en aquel sitio, bajo aquellos palos, salvando mil situaciones… pero estaba preparado, sabía que aquel era uno de los días más importantes de su vida, no sólo profesional, también personal, por eso sintió la soledad de la que tanto había oído hablar, la soledad del portero, cuando se hace el silencio, cuando el rugido de la afición se atenúa, cuando todos los focos están puestos sobre el que guarda la meta, aquel que debe preservar lo que sus compañeros han logrado, aquel que debe conseguir que la ventaja adquirida durante los minutos de juego no se desvanezca, el mismo que debe alcanzar aquel balón imposible, el que desea volar al rincón más lejano del arco… la gloria estaba en sus manos, era el todo o nada, volver a casa como siempre aún después de haber firmado un excelso campeonato o llevar a su país a lo más alto. Por eso sintió que era su tarde, sintió que no podía fallar a todos los que habían depositado sus esperanzas en sus manos. Aquel país siempre discutiendo y discutido, aquella gente que de todo sabía, de fútbol, de tenis, de medicina y hasta de ajedrez aunque nunca hubiesen visto un tablero más que el del parchís. Él como todos, ya sabía que su pueblo era así y así nos aceptaba, él como sus compañeros se sentía orgulloso de formar parte de aquella nación vocinglera, ruidosa, algo maleducada, pero de gente honesta, trabajadora y apasionada, los españoles ponemos el alma en lo que hacemos y aquel chico que nunca se sintió galáctico, porque se había criado entre las calles y parques de Móstoles y del pueblo avulense de sus padres era igual que todos los demás, digno heredero de Cañizares o Zubizarreta, aquellos guardametas que tantos años defendieron la portería española. Iker no lo sabía, pero aquella tarde sería una gran tarde, probablemente la tarde que cambió el curso de la historia, detrás de aquella vendrían muchas más, pero la primera fue la de aquel 22 de junio de 2008. Aquel fue el primer día en el que se escuchó en todas las calles, plazas y rincones de España aquello de: “Yo soy español, español, español”. Aquel día en el que todo parecía estar en contra (una vez más) el portero se hizo grande y logró lo que todos juzgábamos casi imposible , España llevaba 24 años sin pisar unhas semifinales de un campeonato y ese día lo consiguió.
Años después escucho a Fernando Torres, Xavi Hernández además de otros compañeros de selección y todos coinciden en destacar el papel, no sólo aquel día, sino muchos otros, de ese joven portero de Móstoles, hoy vilipendiado y despreciado por aquellos a los que creyó sus amigos. Gente con mucho dinero y muy pocos escrúpulos, por eso, este pequeño relato que hoy me nace del corazón se lo dedico a aquel “no galáctico” que nos hizo soñar y creer,que nos hizo tan felices junto a sus compañeros.
Gracias iker Casillas
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