martes, 17 de febrero de 2026

DONDE DUERME EL MAL

El pueblo dormía temprano en aquellos años ochenta, cuando las persianas de madera se cerraban al caer el sol y el silencio solo lo rompía el zumbido lejano de algún televisor en blanco y negro o la radio encendida con el parte nocturno. Las calles eran estrechas, empedradas, con farolas amarillas que lanzaban una luz cansada sobre fachadas encaladas. En la plaza, la fuente seguía manando agua incluso de madrugada , y el bar de Julián apuraba las últimas copas de coñac Soberano antes de echar el cierre. Nadie recordaba exactamente cuándo empezó todo. Solo que, de repente, el pueblo dejó de ser seguro. El primer cuerpo apareció en el camino que llevaba a las huertas. Un anciano, conocido por madrugar cada día para revisar sus olivos, yacía boca arriba, con la boina caída a un lado y los ojos abiertos mirando a ningún sitio. El hacha estaba apoyada contra un tronco cercano, manchada, pesada, de esas que se usaban para partir leña en invierno. No había dudas de lo ocurrido: el golpe había sido brutal, directo, definitivo. El médico del ambulatorio dijo poco; la Guardia Civil acordonó la zona y el rumor empezó a extenderse como un veneno lento. Aquella noche, en las casas, se subió el volumen de los televisores. En “Un, dos, tres” nadie reía. Las madres miraban el reloj y llamaban a los niños que aún jugaban en la calle. Los padres cerraban con cerrojo y dejaban la escopeta apoyada tras la puerta, aunque hacía años que no la tocaban. El segundo asesinato llegó dos días después. En la carnicería. El dueño fue encontrado al amanecer, entre los ganchos y el serrín empapado. El hacha había golpeado una y otra vez hasta convertir el lugar en un escenario imposible de olvidar. Las paredes conservaban marcas profundas, astilladas, como si la violencia hubiera querido dejar su firma. Nadie dudó ya de que el asesino caminaba entre ellos. Se hablaba de un perturbado, de alguien que había vuelto al pueblo tras años fuera, de un hombre solitario que vivía en una casa en ruinas al borde del monte. Algunos decían haberlo visto hablar solo, arrastrando un saco al caer la tarde. Otros aseguraban que era imposible, que en un sitio tan pequeño todo se sabía, que aquello no podía estar pasando. Pero pasó. La tercera víctima fue una mujer joven, maestra, que regresaba a casa después de dar clases de refuerzo. La encontraron en el portal de su edificio, con las llaves aún en la mano. El golpe había sido certero, silencioso, calculado. El asesino había esperado en la escalera, oculto entre sombras, y había descargado el hacha con una precisión fría. La sangre bajaba despacio por los escalones, marcando el camino de la huida. El miedo se instaló definitivamente. El pueblo olía a terror y a gasoil de los coches de la Guardia Civil que patrullaban sin descanso. Las tiendas cerraban antes, el bar quedó vacío, las misas se llenaron de rezos desesperados. Nadie caminaba solo de noche . Nadie confiaba ya en nadie. El del hacha no se detenía. Entró en una casa durante la madrugada, rompiendo una ventana del patio. Dentro dormía una familia. El padre no tuvo tiempo de reaccionar cuando el primer golpe cayó sobre él, arrancándolo del sueño para llevarlo a la muerte en un segundo. La madre gritó, un grito largo, animal, que se apagó cuando el arma volvió a bajar. El asesino se movía con una calma aterradora, como si cada gesto estuviera ensayado. El hacha subía y bajaba, y cada impacto dejaba un cuerpo inmóvil sobre el suelo de baldosas frías. Los niños sobrevivieron solo porque se escondieron bajo la cama, paralizados, con la boca tapada para no hacer ruido. Desde allí vieron las botas manchadas, escucharon la respiración agitada del hombre, el sonido húmedo del metal al ser retirado. Aquellos niños no olvidarían jamás ese sonido. El pueblo despertó con sirenas y llantos. Ya nadie hablaba de un loco. Se hablaba del mal. La caza comenzó. Linternas, escopetas, palos. Hombres que nunca habían hecho daño a nadie recorriendo calles y caminos con el corazón desbocado. Lo encontraron al amanecer, en el viejo almacén de aperos. Estaba sentado en el suelo, abrazando el hacha, balanceándose hacia adelante y hacia atrás, murmurando palabras incomprensibles. Tenía las manos cubiertas de sangre seca, la ropa rígida, los ojos perdidos en algún lugar que no pertenecía a este mundo. No opuso resistencia. Se dejó llevar, sonriendo. Cuando se lo llevaron, el pueblo respiró… pero no volvió a ser el mismo. Durante años, cada farola encendida recordaba una sombra. Cada golpe seco, cada hacha apoyada junto a una chimenea, traía de vuelta el miedo. En los ochenta quedaron los casetes, los televisores, las fiestas patronales… y la certeza de que el terror también había vivido allí, caminando despacio por calles tranquilas, con un hacha al hombro.

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