domingo, 22 de diciembre de 2019

LAS NAVIDADES DE LOS 80 Y LOS 90

 
Supongo que al llegar estas fechas es inevitable hacer un acto de memoria personal y recordar las cosas que tenías y que ahora ya no tienes.

Este 2019 que está cerca de tocar a su fin ha sido un año… extraño, dejémoslo ahí, y lo ha sido porque ha sido el período más ilusionante y con más cambios de mis cuarenta años de existencia.

Allá por el mes de enero dejaba atrás entre lágrimas la casa de mis padres, su protección, su ayuda y su compañía, dejaba atrás mi pueblo, mi Comunidad y a mi gente para iniciar una nueva aventura en un lugar que no me resultaría extraño por haberlo visitado a menudo, llegaba a Andalucía con intención de iniciar una nueva andadura junto a la mujer con la que comparto algo más que un sentimiento verde y blanco y lo hacía con miedo, miedo de no estar a la altura, de no saber convivir, miedo de cagarla en definitiva.

Fueron momentos duros porque los que debían ponértelo fácil eran los primeros en hacerte la vida imposible, pero llegó el mes de julio y se cumplió un sueño. El 11 de ese mismo mes, aunque nueve años antes, España ganó el mundial de fútbol frente a Holanda pasando a mi historia personal como uno de los días más felices de mi vida, aunque no el más, el 11 de julio del presente año me casé con la mujer a la que llevo amando desde aquel 24 de mayo de 2014, concluía así un camino lleno de dificultades.

Recuerdo con un cariño muy especial aquel día y lo hago por diferentes motivos aunque quizá el más significativo es que no esperaba que pasara lo que sucedió. Ana y yo habíamos pensado en no organizar nada especial, ni especial ni no especial, vaya, la idea era ir al juzgado acompañado de un par de testigos, firmar los papeles e irnos a casa, por diferentes motivos la idea inicial era esa. Pero un día regresando de Madrid a Sevilla, mi padre de una manera muy sutil, como solía apuntarte él las cosas, vino a decir que a él le gustaría asistir a mi boda.

Mi padre que era un hombre valiente y fuerte como un toro, quiso venir a la boda de “su Rafi” y así lo hizo, contra todo pronóstico por su delicado estado de salud, tomó su coche (casi recién estrenado) y se presentó en la capital andaluza para vivir tres días que fueron inolvidables.

Pasó el verano y casi a mitad del otoño, concretamente el 15 de octubre, mi padre fue a reencontrarse con los suyos y partió a ese mundo que a los que nos quedamos aquí nos resulta tan misterioso y turbador.

Quizá aquel martes 15 de octubre fue el peor día de cuantos recuerdo, por muchos motivos, fundamentalmente, habiendo pasado poco más de dos meses, considero que fue así porque ese día me despedí de un hombre que marcó mi vida desde el minuto uno y no supe darme cuenta de ello casi hasta el final, supongo que a mucha gente le pasa algo similar, supongo que muchísimas personas dicen lo mismo de sus familiares fallecidos … pero para mí… mi padre fue un referente al que agarrarme en momentos difíciles de mi vida y lo fue porque era un hombre único y especial, honrado, honesto, con sentido del humor, en ocasiones irónico, mosqueón… y sobre todo y por encima de todas las cosas: BUENA PERSONA.

En principio la entrada de hoy pretendía hablar de las navidades pretéritas, esas que olían a guisos en la cocina de la casa de mi yeya, al carbón de su fogón de leña, a castañas asadas, a la pólvora que mi primo JuanJo y yo lanzábamos de forma un tanto inconsciente hasta quemar en parte el papel que cubría las paredes de la escalera de la casa del madrileño barrio de Tetuán… esas navidades llenas de gente en las que ya empezaba a haber ausencias de las que yo con mi inocencia infantil no me daba cuenta.

Supongo que es ley de vida añorar lo que se pierde, lo que ya no tienes y no , no voy a caer en la tentación “querido padre” allá donde estés, de decirte que me hubiera gustado tener más tiempo para estar contigo, que me hubiese encantado compartir mis éxitos y mis fracasos contigo, que me hubiera gustado que me vieses jugar al fútbol, por muy mal que lo haga, que me hubiese encantado decirte lo mucho que has significado para mí, no, no porque todo eso ya lo sabes, porque sé que vives en mí y que vienes a visitarme en sueños, esos momentos quedan sólo para ti y para mí, tú y yo lo sabemos, ambos sabemos que me hacías mucha falta todavía, que te echo tantísimo de menos que el dolor resulta físico, sabes que no puedo hablar de ti sin que los ojos se me llenen de lágrimas y llore tu ausencia, y ya sé, querido gruñón, que a ti eso no te habría gustado, recuerdo nuestra conversación junto a la finca de los caballos que hay cerca de casa en la que no me dejaste irme por las ramas aunque lo intenté con todas mis fuerzas, quise eludir esa conversación que tú sabías que teníamos pendiente y en la que una vez más me volviste a sorprender con tu entereza, tu honradez y en la que con pocas palabras me dijiste que te recordase con cariño, rememorando los buenos ratos vividos juntos, los abrazos dados en la banda del Soto celebrando un gol de nuestro Móstoles, nuestras conversaciones por la radio, nuestros silencios uno junto al otro, tú con tu cerveza en la mano y yo con mi Coca-Cola en la mía, la vez que quisiste (una más) que fuese un hijo normal y te acompañase a tirar al plato con tu escopeta y te las arreglaste para hacerme sentir un experto tirador, cuando me dejaste el coche para esconderme en una cacería del zorro, las veces que íbamos escuchando a Camarón mientras repartíamos los cupones por Móstoles… ya lo ves, papi, ahora todo me recuerda a ti, pienso en ti y lloro y me pregunto tantas cosas, aún me cuesta sonreír al recordarte como me pediste, supongo que algún día lo lograré, pensaré en ti y sonreiré con tus mosqueos que se te pasaban a la media hora, tu acento típico de Madrid… sonreiré con todo eso, pero ahora déjame que te llore, déjame que te eche de menos, que lamente no volver a escuchar tu voz, no volver a sentir tus manos fuertes de trabajador incansable, deja que recuerde el tacto de tus pocos pelitos rizados alrededor de una calva que te acompañó casi desde que tengo uso de razón.

En fin, papi, que estas navidades serán más tristes que nunca.

No hace falta que te pida nada porque has venido y me has dado un mensaje en mis sueños, tú y yo sabemos que mensaje es, pero ahora les puedo decir a todos los que me estén leyendo que una estrella me guía desde el cielo aunque yo no pueda verla, que un ángel me acompaña para que nada malo me suceda, aunque ellos no puedan verlo, yo si puedo sentirlo.

Tenía que escribirte esto, quizá debí hacerlo antes, no tuve fuerzas, no encontré el momento, hoy ante el teclado de mi ordenador y con este maldito nudo en la garganta que casi no me deja respirar, te digo que te quiero, que gracias por tantísimas cosas, por encima de todas ellas, gracias por haber sido el mejor padre que podría haber tenido.

GRACIAS, PADRE.

 

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