Este 2019 que está cerca de tocar a su fin ha sido un año…
extraño, dejémoslo ahí, y lo ha sido porque ha sido el período más ilusionante
y con más cambios de mis cuarenta años de existencia.
Allá por el mes de enero dejaba atrás entre lágrimas la casa
de mis padres, su protección, su ayuda y su compañía, dejaba atrás mi pueblo,
mi Comunidad y a mi gente para iniciar una nueva aventura en un lugar que no me
resultaría extraño por haberlo visitado a menudo, llegaba a Andalucía con
intención de iniciar una nueva andadura junto a la mujer con la que comparto
algo más que un sentimiento verde y blanco y lo hacía con miedo, miedo de no
estar a la altura, de no saber convivir, miedo de cagarla en definitiva.
Fueron momentos duros porque los que debían ponértelo fácil
eran los primeros en hacerte la vida imposible, pero llegó el mes de julio y se
cumplió un sueño. El 11 de ese mismo mes, aunque nueve años antes, España ganó
el mundial de fútbol frente a Holanda pasando a mi historia personal como uno
de los días más felices de mi vida, aunque no el más, el 11 de julio del
presente año me casé con la mujer a la que llevo amando desde aquel 24 de mayo
de 2014, concluía así un camino lleno de dificultades.
Recuerdo con un cariño muy especial aquel día y lo hago por
diferentes motivos aunque quizá el más significativo es que no esperaba que
pasara lo que sucedió. Ana y yo habíamos pensado en no organizar nada especial,
ni especial ni no especial, vaya, la idea era ir al juzgado acompañado de un
par de testigos, firmar los papeles e irnos a casa, por diferentes motivos la
idea inicial era esa. Pero un día regresando de Madrid a Sevilla, mi padre de
una manera muy sutil, como solía apuntarte él las cosas, vino a decir que a él
le gustaría asistir a mi boda.
Mi padre que era un hombre valiente y fuerte como un toro,
quiso venir a la boda de “su Rafi” y así lo hizo, contra todo pronóstico por su
delicado estado de salud, tomó su coche (casi recién estrenado) y se presentó
en la capital andaluza para vivir tres días que fueron inolvidables.
Pasó el verano y casi a mitad del otoño, concretamente el 15
de octubre, mi padre fue a reencontrarse con los suyos y partió a ese mundo que
a los que nos quedamos aquí nos resulta tan misterioso y turbador.
Quizá aquel martes 15 de octubre fue el peor día de cuantos
recuerdo, por muchos motivos, fundamentalmente, habiendo pasado poco más de dos
meses, considero que fue así porque ese día me despedí de un hombre que marcó
mi vida desde el minuto uno y no supe darme cuenta de ello casi hasta el final,
supongo que a mucha gente le pasa algo similar, supongo que muchísimas personas
dicen lo mismo de sus familiares fallecidos … pero para mí… mi padre fue un
referente al que agarrarme en momentos difíciles de mi vida y lo fue porque era
un hombre único y especial, honrado, honesto, con sentido del humor, en
ocasiones irónico, mosqueón… y sobre todo y por encima de todas las cosas:
BUENA PERSONA.
En principio la entrada de hoy pretendía hablar de las
navidades pretéritas, esas que olían a guisos en la cocina de la casa de mi
yeya, al carbón de su fogón de leña, a castañas asadas, a la pólvora que mi
primo JuanJo y yo lanzábamos de forma un tanto inconsciente hasta quemar en
parte el papel que cubría las paredes de la escalera de la casa del madrileño
barrio de Tetuán… esas navidades llenas de gente en las que ya empezaba a haber
ausencias de las que yo con mi inocencia infantil no me daba cuenta.
Supongo que es ley de vida añorar lo que se pierde, lo que
ya no tienes y no , no voy a caer en la tentación “querido padre” allá donde
estés, de decirte que me hubiera gustado tener más tiempo para estar contigo,
que me hubiese encantado compartir mis éxitos y mis fracasos contigo, que me
hubiera gustado que me vieses jugar al fútbol, por muy mal que lo haga, que me
hubiese encantado decirte lo mucho que has significado para mí, no, no porque
todo eso ya lo sabes, porque sé que vives en mí y que vienes a visitarme en
sueños, esos momentos quedan sólo para ti y para mí, tú y yo lo sabemos, ambos
sabemos que me hacías mucha falta todavía, que te echo tantísimo de menos que
el dolor resulta físico, sabes que no puedo hablar de ti sin que los ojos se me
llenen de lágrimas y llore tu ausencia, y ya sé, querido gruñón, que a ti eso
no te habría gustado, recuerdo nuestra conversación junto a la finca de los
caballos que hay cerca de casa en la que no me dejaste irme por las ramas
aunque lo intenté con todas mis fuerzas, quise eludir esa conversación que tú
sabías que teníamos pendiente y en la que una vez más me volviste a sorprender
con tu entereza, tu honradez y en la que con pocas palabras me dijiste que te
recordase con cariño, rememorando los buenos ratos vividos juntos, los abrazos
dados en la banda del Soto celebrando un gol de nuestro Móstoles, nuestras
conversaciones por la radio, nuestros silencios uno junto al otro, tú con tu
cerveza en la mano y yo con mi Coca-Cola en la mía, la vez que quisiste (una
más) que fuese un hijo normal y te acompañase a tirar al plato con tu escopeta
y te las arreglaste para hacerme sentir un experto tirador, cuando me dejaste
el coche para esconderme en una cacería del zorro, las veces que íbamos
escuchando a Camarón mientras repartíamos los cupones por Móstoles… ya lo ves,
papi, ahora todo me recuerda a ti, pienso en ti y lloro y me pregunto tantas
cosas, aún me cuesta sonreír al recordarte como me pediste, supongo que algún
día lo lograré, pensaré en ti y sonreiré con tus mosqueos que se te pasaban a
la media hora, tu acento típico de Madrid… sonreiré con todo eso, pero ahora
déjame que te llore, déjame que te eche de menos, que lamente no volver a
escuchar tu voz, no volver a sentir tus manos fuertes de trabajador incansable,
deja que recuerde el tacto de tus pocos pelitos rizados alrededor de una calva
que te acompañó casi desde que tengo uso de razón.
En fin, papi, que estas navidades serán más tristes que nunca.
No hace falta que te pida nada porque has venido y me has
dado un mensaje en mis sueños, tú y yo sabemos que mensaje es, pero ahora les
puedo decir a todos los que me estén leyendo que una estrella me guía desde el
cielo aunque yo no pueda verla, que un ángel me acompaña para que nada malo me
suceda, aunque ellos no puedan verlo, yo si puedo sentirlo.
Tenía que escribirte esto, quizá debí hacerlo antes, no tuve
fuerzas, no encontré el momento, hoy ante el teclado de mi ordenador y con este
maldito nudo en la garganta que casi no me deja respirar, te digo que te
quiero, que gracias por tantísimas cosas, por encima de todas ellas, gracias
por haber sido el mejor padre que podría haber tenido.
GRACIAS, PADRE.

