s complicado iniciar unas líneas un 26 de febrero como este, lo es porque la maldita casualidad ha querido que un 26 de febrero de hace cinco años, el que subscribe estuviese llorando la muerte de un genio como fue Paco de Lucía y un 26 de febrero pero del presente año llore la ausencia de una gran persona y un gran bético que a los cincuenta y tres años de edad ha llegado al cuarto anillo del templo heliopolitano.
Para alguien como yo, alguien que ama el sur desde muy niño, ha resultado fácil adaptarse a la forma de vida de una ciudad que desde el principio me ha acogido como un igual, desde el primer día en el que pisé la ciudad del Betis me he sentido un hijo más de Sevilla. Así me lo han hecho sentir sus gentes, sus calles, su clima y su alma, el alma de una urbe entregada en todo lo que hace. No ha resultado difícil entender a estas gentes que lloran con la muerte del señor en primavera, para celebrar con alborozo su feria un par de semanas más tarde, un lugar en el que la palabra Amigo se escribe con mayúsculas y un lugar en el que la palabra Betis es mucho más que un sentimiento, un escudo y una bandera, como decía hace doce años el malogrado Rafa González Serna.
Rafa estuvo luchando durante mucho tiempo contra una enfermedad que acabó por elevarlo al cuarto anillo, rafa vivió como nadie la ciudad de Sevilla, rafa le cantó a sus calles, a sus gentes, a su Semana Santa, a su río y a su Betis.
En este espacio en blanco que me brinda Internet he hablado en numerosas ocasiones de mi infancia, hoy tras conocer el fallecimiento de Rafa González Serna y venirme a la memoria el himno que compuso para el centenario en 2007 del real Betis Balompié, mientras lloraba su prematura ausencia sentado en un banco, escuchando como trenes salían y llegaban a la ciudad, me vino al recuerdo las tardes que pasé junto a mi Yeyo Manolo escuchando y viendo partidos de fútbol, como siendo un niño de apenas ocho años empecé a fijarme en aquel equipo que vestía con los colores de su tierra, como empezó a gustarme y como empecé a empatizar con un club que siempre perdía aunque siempre lo intentaba… y en ocasiones lo lograba… como yo, como aquel niño que quería sentirse normal y luchaba por conseguirlo, aunque casi nunca lo lograba, como el Betis, pero no por ello se rendía, y cuando caía se levantaba, así una y otra vez.
Aquel niño creció y el sentimiento creció con él, pero no fue hasta pasados unos años, muchos años, que entendió lo que realmente significaba aquel sentimiento de colores verde y blancos, porque para entenderlo no es suficiente con verlo por la tele, para entenderlo tienes que venir a Sevilla, pisar sus calles, oler su primavera y hablar con sus gentes, esas gentes que se guarecen bajo la bandera de un sentimiento que lleva nombre de río romano, gentes de derechas, de izquierdas, blancos y negros, de Sevilla, Madrid, Londres o Nueva York, gentes que hoy lloran la ausencia prematura de un hombre que vivió como nadie su sevillanía y su beticismo, que vivió por y para los demás y que como el genio de Algeciras se marchó demasiado pronto, por eso, a falta de cuarenta y ocho horas de tener la posibilidad de meterse en una final catorce años después, desde estas líneas grito bien fuerte:
¡vamos Betis! ¡por rafa y por todos los que te acompañamos en la fe de Heliópolis!
¡Manquepierda tuyo siempre!

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