Te escribo desde el silencio casi absoluto que no sólo se
aloja en mi alma, sino también en la ciudad de Sevilla, donde sabes que ahora
vivo.
A pesar de que son más de las 12 del mediodía la ciudad está
casi desierta, la estampa es la de un lugar de película apocalíptica. Los
acontecimientos acaecidos en España en las últimas semanas han llevado al
gobierno de la nación a tomar una serie de medidas que han terminado en estado
de alarma. Como sabes, esto quiere decir, entre otras cosas que la población
nos vemos obligados a permanecer recluidos en nuestros domicilios. Supongo que
esto debe sonarte subrealista.
Un virus procedente de China está diezmando no sólo a la
población, sino también al servicio público sanitario al que tiene al borde del
colapso. En nuestro querido Madrid las cosas no pueden pintar peor, faltan
camas, personal sanitario, material… es todo un maldito caos… ya, ya sé que es
un poco increíble, subrealista, alucinante, novelesco, se me terminan los
calificativos para explicarte esto que está sucediendo en nuestro país.
Seguramente no me equivoco si pienso en voz alta que un 15
de marzo de hace 41 años resultó ser uno de los días más felices de tu vida,
seguro que pensaste que era así porque llegaba al mundo alguien al que querrías
como a ti mismo, sangre de tu sangre, vida procedente de tu ser, una
prolongación de ti mismo, tu hijo, yo.
No puedo evitar pensar que este es el cumpleaños más triste
de mi existencia, es el primero que paso sin ti, lejos de mi hermano y mi
madre. Me resulta pensar en la frase aquella que tantas veces me decía la
“Yeya” “El hombre propone y Dios dispone”.
Me resulta inverosímil saber que hoy no recibiré tu llamada
telefónica o tu tirón de orejas, con tu típica pregunta ¿Cuántos caen, tío?
¡como si no lo supieras!, pero no, papi, no, debo hacerme a la idea de que hoy
no llegará tu llamada y tampoco tu tirón de orejas, ni tu abrazo y tampoco tu
pregunta cuya respuesta ya conocías.
Me gusta creer que en alguna parte me estás viendo, estás
pensando en mí como yo pienso en ti… no sé, tenía muchas cosas que contarte,
mucho que decirte en esta carta que no sé si enviaré al buzón de Internet,
simplemente te escribo porque necesito hacerlo, porque necesito hablarte, no es
que sea pesado (que un poco si, ya lo sabes) pero necesito que estés preparado
para hacerme un favor, incluso desde aquí te tengo que pedir cosas.
Estoy convencido de que los perros, sobre todo los buenos
perros, comparten plano en el más allá con los humanos, me temo que en breve
tengo que despedirme de la perrita negra, Lasi tiene que irse, como me dijiste
con Macro, ella ha venido, ha hecho su trabajo lo mejor que ha sabido y podido,
pero ahora ya es casi la hora de partir y quiero que guíes su alma hasta tu
plano, sé que puedes hacerlo, sé que la querías y sé que no la vas a dejar
sóla, quiero que esté contigo por toda la eternidad, quiero que me esperéis los
dos allí. No quiero convertir esto en una predespedida, pero el tiempo se le
acaba, papi, ya lo he hecho yo en múltiples ocasiones, pero quiero que le digas
cuando llegue allí, que ha tenido la labor más bonita que un perro puede tener,
la de guiar a un hombre y no sólo por las calles, la de guiarlo por la vida, la
de ser la mejor compañera, la mejor amiga, la más incondicional. Sé que tú
habrías estado deacuerdo conmigo en la decisión tan dura que he de acometer. Me
cuesta escribir esto, me cuesta tanto…
Todo lo que ocurre a mi alrededor es una locura, Papi, una
maldita locura, siento como todo se desmorona, todo se hunde, todo se va al
garete y cada vez quedan menos cosas seguras, menos cosas a las que agarrarse,
me hundo en la pena, en la angustia, en la incertidumbre, allá donde estés, por
favor, no sueltes nunca mi mano, no me dejes solo, ayúdame, ayúdame a seguir.
Te echo de menos, te quiero y te doy las gracias una vez más
por haber sido mi padre, porque sin ti, no habría habido nada que mereciese la
pena ser vivido, no habría habido nada que celebrar un 15 de marzo, nada que
vivir, nada que recordar, nada que añorar.
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