viernes, 30 de junio de 2017

UNA BUENA HISTORIA

En esta espiral de acontecimientos, todos a una velocidad imposible de soportar, resulta que hay veces en las que la ficción supera a la realidad, habéis leído bien, la ficción prevalece a la realidad. Porque viene siendo habitual entrar en alguna de las diferentes redes sociales que casi todos los seres humanos del llamado primer mundo tenemos activas, para darse cuenta de que en demasiadas ocasiones lo que en principio podría parecernos una broma de mal gusto o parte de el guión de una película, resulta ser real como la vida misma… este es el caso de la última novela que ha caído entre mis manos, “No soy un monstruo” es la primera novela de la catalana Carme Chaparro.

Su debut no ha podido ser más estelar, supongo que cuando decides abordar la monumental tarea de escribir un libro no te imaginas lo que puede despertar en las personas que lo leen, este es el caso de “No soy un monstruo” donde ficción y realidad se toman de la mano para adentrarte en el particular hábitat de la Inspectora Jefa Ana Arén, una rubia que decide teñirse de morena por un poderoso motivo, una policía eficaz, (menos de lo que a ella le gustaría) una mujer de armas tomar, de esas que no te pasan ni una. Pero una mujer sensible, que llora, que ríe y que se emociona, que sale con sus amigos de copas (como tú y como  yo) que sale a cenar (como tú y como yo) y a la que la vida (seguramente como a ti y a mí) no ha terminado de tratarla todo lo justamente que se merece.

Nos adentramos en la vida de Inés Grau, una periodista atenta a todo lo que sucede a su alrededor, una mujer de raza, que cree hacer siempre lo correcto.

Los personajes de “No soy un monstruo” son seres normales, personas a las que te puedes encontrar por la calle, en una cafetería o en el vagón del metro que por las mañanas te lleva a trabajar.

Todo comienza cuando un niño es secuestrado en un centro comercial de Madrid, ¿hay acaso algo que más nos angustie a todos que la desaparición de un crío? Seguramente si eres padre es algo que te aterra y si no lo eres es algo que te achica el alma, pensando ¿y si me hubiese pasado a mí?

En este mundo de sensaciones nos adentra la autora en esta primera novela suya, con un ritmo trepidante, que jamás pierde el compás de la narración, no puedes parar de leer, quizá necesitas saber a toda costa que le sucedió al pequeño Nico, a Quique con su camiseta de “Super Quique”… en todo caso y sea como fuere, lo importante es que no debes abandonar la lectura, porque el final es asombroso, no puedes creer lo que sucede y al mismo tiempo tienes la sensación contraria ¿por qué no me habré dado cuenta antes? ¿por qué no he podido decírselo a la Inspectora Jefa Arén? Te metes tanto en la historia que gritas sorprendido, te indignas y aprietas los dientes en demasiadas ocasiones… trepidante, ágil, increíble… tiene todos los calificativos para ser denominada como la mejor novela que he tenido el placer de leer este año y como seguramente mi yeya Carmen me echaría la bronca si leyese que no doy las gracias a los artífices de todo esto, allá van:

En primer lugar gracias a mi amigo Salva de Valencia por dejarme formar parte de una pequeña gran familia de locos por la lectura, sin vuestras recomendaciones aún seguiría perdido picando de flor en flor, el que dice flores dice novelas…

Y las gracias por último y no menos importante, a un tipo extraordinario que he conocido en los últimos tiempos y con el que he sentido una gran empatía casi desde el primer momento, gracias Javi por tus recomendaciones literarias (incluida “no soy un monstruo”) y gracias por tu paciencia a la hora de explicar algún entresijo del Word… sigue juntando letras de esa forma tan magistral y que tanto nos gusta a  los que te leemos.

Al resto deciros que espero encontraros entre las páginas de la próxima novela que decida leer.

jueves, 29 de junio de 2017

PETICIONES CON MUCHO RESPETO

Por desgracia está siendo habitual hallar en prensa y redes sociales noticias en las que se cuenta la poca empatía que el ser humano demuestra casi a diario y de forma constante.

Viene a ser el caso que soy usuario de perro guía, osea que me hago acompañar por un noble animal que a cambio de nada me presta sus ojos para hacerme la vida un poco más sencilla, ella se llama Lasi, es una perrita nacida en las instalaciones que la Fundación ONCE del Perro guía tiene en la madrileña localidad de Boadilla del Monte, su aspecto físico es el de un perro grande, casi 32 kilos de peso, constitución fuerte, patas enérgicas, una cola que parece un plumero en continuo movimiento.

Todo lo que pueda decir sobre el carácter de este noble animal se quedaría corto, ella es INCREÍBLE, sí, así, con mayúsculas, nunca he conocido a seres tan nobles como lo son estos perros, nunca se niegan a ayudarte, haga frío, calor, esté lloviendo, son incapaces de mostrar cansancio, infatigables en su tarea, son incapaces de fallarte.

Podría contar muchas gestas protagonizadas por estos animales, pero supongo que no toca, hoy no.

Hoy lo que toca es hablar de ti, tú que te levantas a las 6 de la mañana para realizar tu trabajo, tú que pasas frío en invierno, calor en verano, tú que te enfrentas a los meses intentando llegar a los últimos días sin desfallecer en el intento, tú que tienes que ver como personas en estado de embriaguez suben en tu coche, que es tu medio de trabajo y te lo ensucian con sus fluidos incontrolados, tú que alguna vez soportas serenamente al listo de turno que no quiere pagarte o que te regatea el precio de una carrera, tú que soportas con una sonrisa en la boca que un bebé te ensucie la tapicería de tu taxi cuando le sienta mal la papilla que su madre le dio a primera hora del día… y tú no te pones en el lugar de esa persona que se hace acompañar de su perro guía, tú no entiendes que no es un capricho ir con estos animales a todas partes, que para nosotros, los que vamos con nuestros perros, sería mucho más fácil y deseable poder manejar un coche como tú, no nos quejamos, nos ha tocado vivir esta situación, no creo que hayas visto a ningún compañero de fatigas quejarse de ello, pero hombre… no nos lo pongas más difícil de lo que ya lo tenemos. Sabemos y sabes que hay una ley que nos ampara y que no nos gusta usar, para nosotros es mucho más agradable usar el diálogo con todo el mundo, que todos veáis lo bien que trabajan nuestros perros, lo bien que se portan, lo mucho que nos ayudan, sabemos que es un motivo de orgullo para todos, que ellos y su trabajo es necesario y también que se produce gracias a que miles de personas aportan su granito de arena y su solidaridad para que la rueda siga girando… ¿vas a ser tú uno de los que le pongan palitos entre los radios?.

Yo estoy convencido de que no es así, que tú no harías lo que no te gustaría que te hicieran, estoy casi seguro de que aunque nuestros perros puedan dejar algún pelillo en la tapicería de tu coche, eso no va a ser motivo suficiente para no parar cuando veas a un ciego acompañado de su amigo peludo por la calle, seguro que incluso piensas que en el fondo no somos tan temibles y que si nos das una oportunidad hasta podemos contarte algún chiste que te alegre la larga jornada laboral, por eso te pediría que cuando encuentres una persona ciega por la calle no sientas lástima de ella, te requeriría que le dieses una oportunidad y que le dejases subir a tu taxi acompañado de su perro, te rogaría que vieses como algo normal ver a personas ciegas por la calle acompañadas de sus guías.

Sin otro particular se despide un usuario de perro guía y de taxi al que le gustaría seguir siéndolo.

martes, 27 de junio de 2017

EL ÚLTIMO DÍA QUE SERÍAMOS NIÑOS

Era tarde, daba igual, siempre se nos hacía tarde... los atardeceres de entonces no eran como los de ahora, los atardeceres entonces eran luminosos, nos quedábamos ensimismados contemplando como se ponía el sol allá atrás, justo por detrás de las montañas, aquellas que tanto nos gustaba explorar, teníamos 13 años y el mundo nos parecía un lugar enorme que abarcaba todo nuestro pueblo, un pequeño pueblo de la sierra de Madrid. Era el año 1989 y el muro de Berlín había caído hacía excasamente un mes, la navidad se acercaba y todo holía al humo de las chimeneas de la localidad, nosotros éramos tres, siempre tres, los tres de siempre, Álex, Quique y yo, en verano éramos más, en verano venía Luis y su hermana Bea (de la que todos estábamos secretamente enamorados aunqué jamás lo reconoceríamos ante nadie) Ana y sus primos pequeños Lolo y Jaime a los que nos gustaba putear porque tenían cuatro años menos y nosotros nos creíamos con derechos irrefutables, éramos mayores, podíamos fumar y beber... bueno, eso no era del todo cierto, si mi padre me hubiese cogido bebiendo una cerveza de las que le robábamos al señor Satur (dueño del único bar del pueblo) me habría arrancado la cabeza de un bofetón.
Todavía recordaba como me lagrimearon los ojos de rabia e impotencia el día que me abofeteó porque me pilló robándole un cigarrillo del paquete que ocultaba ante todos, no podía fumar, el médico se lo había prohibido después de que al terminar la primavera pasada sufriese un infarto de miocardio mientras descargaba su vieja furgoneta que utilizaba para trabajar.
Aquel era el último día de instituto, nosotros éramos mayores´, nosotros íbamos al instituto, yo no sabía por aquel entonces que aquel sería e´l último día de muchas cosas, el último de cigarros compartidos, confesiones inconfesables apoyados en el muro del cementerio del pueblo en el que se decía que había servido de muro de las lamentaciones para muchas viudas de la zona que habían visto como asesinaban a sus maridos en la dura posguerra civil que asoló nuestro país y de la que tanto habíamos oído hablar en clase, no sabía que sería la última vez que le robaríamos cervezas al señor Satur, la última ocasión que tendríamos de intercambiar casetes de Barón Rojo y de Los Secretos, la última vez en la que me pelearía con mis amigos por conseguir el último cromo de la colección de la Liga de Fútbol, porque aquel... aquel fue el último día que fuimos niños, aquella noche uno de nosotros no llegaría jamás a casa y todos, sus padres, hermanos, familiares, amigos y el pueblo en general, se sumirían en una depresión de la que sería casi imposible escapar, aquella noche los dos que quedaron, los dos que sobrevivieron, desearían no haberlo hecho, porque los dos que permanecieron en el pueblo fueron señalados con el dedo acusador de la indominia, los recelos, la rabia y la incomprensión de una sociedad rural y poco abanzada que fue incapaz de entender lo que pasó aquella fría noche de comienzos del invierno del año 1989.