Era tarde, daba igual, siempre se nos hacía tarde... los atardeceres de entonces no eran como los de ahora, los atardeceres entonces eran luminosos, nos quedábamos ensimismados contemplando como se ponía el sol allá atrás, justo por detrás de las montañas, aquellas que tanto nos gustaba explorar, teníamos 13 años y el mundo nos parecía un lugar enorme que abarcaba todo nuestro pueblo, un pequeño pueblo de la sierra de Madrid. Era el año 1989 y el muro de Berlín había caído hacía excasamente un mes, la navidad se acercaba y todo holía al humo de las chimeneas de la localidad, nosotros éramos tres, siempre tres, los tres de siempre, Álex, Quique y yo, en verano éramos más, en verano venía Luis y su hermana Bea (de la que todos estábamos secretamente enamorados aunqué jamás lo reconoceríamos ante nadie) Ana y sus primos pequeños Lolo y Jaime a los que nos gustaba putear porque tenían cuatro años menos y nosotros nos creíamos con derechos irrefutables, éramos mayores, podíamos fumar y beber... bueno, eso no era del todo cierto, si mi padre me hubiese cogido bebiendo una cerveza de las que le robábamos al señor Satur (dueño del único bar del pueblo) me habría arrancado la cabeza de un bofetón.
Todavía recordaba como me lagrimearon los ojos de rabia e impotencia el día que me abofeteó porque me pilló robándole un cigarrillo del paquete que ocultaba ante todos, no podía fumar, el médico se lo había prohibido después de que al terminar la primavera pasada sufriese un infarto de miocardio mientras descargaba su vieja furgoneta que utilizaba para trabajar.
Aquel era el último día de instituto, nosotros éramos mayores´, nosotros íbamos al instituto, yo no sabía por aquel entonces que aquel sería e´l último día de muchas cosas, el último de cigarros compartidos, confesiones inconfesables apoyados en el muro del cementerio del pueblo en el que se decía que había servido de muro de las lamentaciones para muchas viudas de la zona que habían visto como asesinaban a sus maridos en la dura posguerra civil que asoló nuestro país y de la que tanto habíamos oído hablar en clase, no sabía que sería la última vez que le robaríamos cervezas al señor Satur, la última ocasión que tendríamos de intercambiar casetes de Barón Rojo y de Los Secretos, la última vez en la que me pelearía con mis amigos por conseguir el último cromo de la colección de la Liga de Fútbol, porque aquel... aquel fue el último día que fuimos niños, aquella noche uno de nosotros no llegaría jamás a casa y todos, sus padres, hermanos, familiares, amigos y el pueblo en general, se sumirían en una depresión de la que sería casi imposible escapar, aquella noche los dos que quedaron, los dos que sobrevivieron, desearían no haberlo hecho, porque los dos que permanecieron en el pueblo fueron señalados con el dedo acusador de la indominia, los recelos, la rabia y la incomprensión de una sociedad rural y poco abanzada que fue incapaz de entender lo que pasó aquella fría noche de comienzos del invierno del año 1989.
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