No sabía andar, no sabía hablar… y ya tenía un aparato de radio sobre la almohada de mi cuna.
Contaba mi “yeya” Carmen que en paz descanse, que lo único que me hacía permanecer tranquilo y sin dar demasiada chapa a mis mayores, era sin duda un pequeño transistor, por eso el primer regalo que recibí por parte de Los Reyes Magos no fue otra cosa que un pequeño receptor con el que me pasaba las horas.
Me encantaba todo, aunque no entendía nada, poco a poco fui creciendo y a aquel bebé que disfrutaba con las narraciones deportivas, las canciones dedicadas y las noticias fue entendiendo lo que sucedía dentro de aquella pequeña caja mágica y aquel chaval ya no podía concebir la vida sin escuchar todas las noches a Jose María García, no se podía pasar las tardes del domingo sin escuchar Carrusel Deportivo en la compañía de su abuelo. La radio y su gente comenzó a ser la banda sonora de sus días y de sus tardes y mientras todos los niños le pegaban patadas al balón en el parque, aquel adolescente soñaba con contar a través de las ondas como eran los demás los que marcaban goles… pero todas las historias tienen momentos trágicos y ésta no iba a ser menos.
De pronto y casi sin darse cuenta, para aquel chico los días se hicieron noches y su mundo se llenó de oscuridad y él buscó a sus amigos de la radio y los encontró, aquella gente no le iba a fallar y él pasaba horas soñando que algún día sería él quién estuviese dentro del pequeño aparato llevándole a otras personas la ilusión y esperanza que las buenas gentes de la radio le habían llevado a él.
Y pasaron los meses y un día su padre llegó de Bilbao a Móstoles trayendo en su Renault 11 una sorpresa que cambiaría la vida del joven. Una pequeña emisora de radio para transmitir y recibir mensajes, aquella pequeña emisora de banda ciudadana hizo que aquel chico pasara de ser un joven retraído y tímido a una persona distinta, hizo amigos y comenzó a salir con ellos, acampadas, fiestas, cacerías del zorro, radio maratones en la sierra y muchas otras actividades formaron pate de sus días.
Y la afición siguió creciendo, hizo instalar una antena de banda ciudadana en el tejado de su edificio y entonces sus colegas se multiplicaron por mil, ahora no sólo hablaba con gente de su entorno, ahora hablaba con otras estaciones de radio ubicadas en otros lugares de España, Europa y el mundo.
Y entre micrófonos, cables y antenas pasó su juventud, sin olvidar jamás a las gentes que tanto le ayudaron cuando reposaba en la cama de aquel hospital.
Y detrás de las ondas de Onda Móstoles llegaron las ondas de las radios por Internet, programas deportivos, de actualidad y entrevistas… todos ellos formaron parte de su curriculum hasta que un día alguien le propuso unir sus dos grandes pasiones, el flamenco y la radio y así nació “El Compás” que ahora se emite tanto online como por FM.

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