No sabía muy bien como expresar la pena que siento hoy. Han
pasado demasiadas cosas tristes en este 28 de febrero.
Estaba anoche dando una vuelta por el dial cuando escuché
¡otra vez la radio!, que había muerto El Brujo, que Enrique Castro (Quini) nos
había dejado.
Paseando por las calles de Gijón, donde vivió prácticamente
durante toda su vida, enseguida se me vino a la mente un mes de enero de hace
ya muchos años, un autobús cargado de ilusiones de un equipo y una afición
modesta que visitaba las instalaciones de Mareo, donde el filial del Spórting
disputa sus partidos, un adolescente cargado de sueños e ilusiones de la mano
de su padre, al que casi arrastró a tierras astures y Quini, el mágico Enrique
Castro… terminaba un partido más en Mareo, Móstoles y Spórting B empataban a 0
en un partido frío en lo meteorológico, pero no en la grada, los asturianos
felicitaban a los madrileños por el aliento a su equipo y aquel padre, siempre
ojo avizor, se acercó a la banda del campo donde le pareció ver a uno de sus
ídolos, era él, era Quini, lo llamó y como si de un viejo amigo se tratase, se
fundió con él en un sincero abrazo y se lo presentó a su hijo, a un servidor.
Supongo que “El Brujo” debió quedarse un tanto sorprendido al ver a un chaval
invidente con su bufanda del Móstoles, me sostuvo la mano con firmeza, me
preguntó con su profundo acento asturiano: ¿Cómo estás hijo? Se metió la mano
en uno de los bolsillos de la chaqueta, sacó una pequeña insignia del Spórting
y dijo: Para tí.
Y yo salí con mi bufanda del CD Móstoles al cuello y aquella
pequeña insignia del Spórting en la solapa.
Tantos años después recuerdo con cariño y nostalgia aquel
día y sólo me sale decirte: Gracias, amigo, gracias, Quini… y gracias Padre por
presentarme a aquel viejo amigo tuyo.
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