viernes, 10 de octubre de 2025

EL SILENCIO

El silencio llenaba cada losa de la plaza, era impenetrable, como lo había sido durante los últimos 500 años, ni siquiera el trasiego incesante de los turistas que cada verano colmaban la ciudad había sido capaz de romperlo. La plaza era conocida por los vecinos como eso, simplemente La Plaza. Aunque el ayuntamiento había plantado árboles y puesto bancos, lo cierto es que su aspecto era similar al que había tenido muchos años atrás. La gente decía muchas cosas de ella, no había bloques de viviendas alrededor de la plaza, tampoco existía ninguna carretera que la rodease, si no sabías donde estaba, simplemente no la localizabas. No era un lugar muy concurrido... no lo podía ser, todo el mundo decía cosas sobre este emplazamiento. Cuando el sol caía, el frescor de la tarde se imponía al calor estival, se intuía un algo extraño en el lugar, los pájaros que habitaban en las ramas de los árboles enmudecían, de pronto un sonido se imponía al silencio, un sonido que parecía cruzar siglos de tiempo, venir de otra dimensión... el sonido de unas campanas lejanas, llamando a alguien o a algo, una figura, también llegada de otro tiempo cruzaba la plaza, no se podía distinguir claramente pero si se intuía un hombre, enjuto, encorvado, con algo en la mano que iluminaba sus pasos, quizá una antorcha, una capucha cubría su cabeza, un sonido de cadenas precedían sus pasos. Tal vez tú no lo sepas y por eso estoy yo aquí , en aquella plaza silenciosa de la ciudad, donde no hay viviendas cerca, ni turistas, existió hace siglos un monasterio medieval, hay quién dice que la peste lo asoló, otros cuentan que un incendio pavoroso acabó con la vida del edificio y terminó con cada una de sus imponentes piedras. Lo que casi nadie sabe es que sólo un hombre sobrevivió a lo que pasó allí, ese hombre es el monje que por las tardes se intuye vagando por lo que un día fue su casa, buscando una paz que le ha sido negada durante más de cinco siglos y que posiblemente sólo encuentre si terminas de leer estas líneas, porque el monje pasará su maldición al incrédulo como tú, que haya llegado al final, así que agarra la antorcha y... buen viaje en el tiempo. Rafael Trigos García

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