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viernes, 24 de octubre de 2025
LA VIDA EN SEIS PUNTOS
Tenía ganas de hablar de los mágicos seis puntos, sobre todo ahora que se cumple el doscientos aniversario de su invención.
He reflexionado concienzudamente la mejor manera de enfocar esta entrada y creo que lo primero es comenzar por el principio, que parece una obviedad, cierto es, pero así todos entenderemos el contexto de estas líneas.
Louis Braille vino al mundo un 4 de enero de 1809 en la localidad francesa de Cupvray, muy cerca de París.
Su padre era talabartero, el pequeño Louis pasaba muchas horas jugando en el taller que se encontraba situado en la casa donde vivía la familia.
Cierto día se hallaba enredando con unos punzones y se clavó uno de ellos en un ojo, perdió la vista de éste y al cabo de poco tiempo la infección se le pasó al otro provocándole una ceguera irreversible y total que le acompañaría hasta el final de sus días.
El joven francés fue a la escuela de su pueblo, pero pronto su profesor advirtió que allí no tenían los medios adecuados para enseñar a un niño ciego y junto a sus padres tomó la decisión de enviarlo a una institución para personas ciegas que había en París.
La adaptación del pequeño fue difícil, su estado de salud siempre frágil le hizo pasarlo mal en un lugar que no contaba con un ambiente sano, es fácil imaginar que las condiciones del siglo XIX nada tienen que ver con las actuales y los niños que allí estudiaban tenían que soportar humedades y frío en invierno, así como calor excesivo en verano.
Sin embargo la inteligencia y el tesón del chiquillo pronto sorprenden a sus maestros que ven en él a un alumno aventajado.
Los comienzos no fueron sencillos, ni mucho menos, porque cuando el joven Louis llega al colegio para ciegos se da cuenta de que la manera de aprender que tenían era muy complicada ya que los libros estaban diseñados en planchas de hierro en las que se implantaban letras enormes en relieve que las personas invidentes tenían que tocar para poder leerlas, esto quiere decir que debían pasar toda la mano sobre la superficie de la letra, con lo que resultaba poco práctico, lento y tedioso. Así que Braille comienza a trabajar en un sistema de su propia invención que le permita leer con más comodidad y rapidez.
Las noches sin dormir, con las manos ateridas de frío fueron sus compañeras durante aquellas largas horas que Louis pasó trabajando en la creación del sistema que encendió la luz de la cultura y el saber a millones de personas.
Louis Braille no pudo ver en vida el enorme éxito de su método, ya que cuando falleció a los cuarenta y un años sólo el colegio en el que fue profesor lo había instaurado después de tiempo negándose a ello, sin embargo, años después fueron muchas las naciones que adoptaron la técnica como universal.
En España el invento de Louis llega en 1840, aunque no sería hasta 1918 que se establece de manera oficial, este retraso obedece a que existían dos corrientes, una que defendía la no enseñanza del braille como sistema exclusivo para ciegos ya que se debía enseñar el mismo procedimiento que a las personas videntes y la segunda corriente de pensamiento que sostenía que el método de los seis puntos era el más adecuado para las personas carentes de vista.
Debido a mi experiencia que abarca más de tres décadas con puntos en los dedos, debo afirmar con rotundidad que afortunadamente tuvo éxito esta segunda forma de pensar.
Es aquí donde viene la segunda parte de la entrada de hoy.
Tengo que agradecer desde lo más profundo de mi corazón y mi alma a Louis Braille que inventase la técnica de los seis puntos, ya que sin su tesón y espíritu de superación actualmente millones de personas estaríamos inmersos en la más profunda ceguera cultural, añadiendo así más oscuridad a la que ya padecemos a causa de nuestros inservibles ojos.
Gracias a Louis cuando yo tenía diez años y la luz se apagó encontré todo un universo de sensaciones.
Pensaba que las cosas no podían ir peor, hacía pocas semanas que me habían operado de los ojos y aunque mi vista nunca fue algo destacable en mi persona, si que me permitía valerme por mí mismo en muchas situaciones cotidianas del día a día, desde jugar al fútbol viendo el balón, montar en bici sin estamparme con nada, correr por la calle o en los parques de Móstoles, bañarme en el río o la piscina con mis primos… todo un mundo infantil que atesoro con gran cariño dentro de mí, se vino abajo casi de un día para otro.
Recuerdo mis ojos lamentarse del mal que les aquejaba, las tardes con la cabeza apoyada en el pecho de mi madre llorando de dolor, las noches sin pegar ojo, mi mamá echada a mi lado, tratando de consolarme, el hospital, la promesa ilusionante de que las cosas mejorarían, nada más lejos de la realidad.
Desperté en una cama de hospital, todo a mi alrededor era oscuridad, las voces de mis familiares susurradas con miedo e incertidumbre.
Regresé a los pocos días a mi casa de Móstoles, aunque ya nada era como lo recordaba. La luz seguía entrando por el enorme ventanal del salón, aunque yo ya no la podía ver, mi madre me daba las cosas en la mano, que tampoco podía ver, mi hermano quería que jugase con él al fútbol, pero ya no distinguía la pelota, deseaba montar en mi vieja bicicleta, sin embargo no percibía el color de la misma, ni la calle por la que pretendía transitar, con lo que todo se convirtió en una misión casi imposible.
Fueron días, semanas y meses difíciles, el tiempo pasó, después de la convalecencia regresé al colegio. Me negaba a llevar bastón, a pesar que desde la ONCE se me brindó toda la ayuda imaginable, enviando a profesionales de la movilidad para personas ciegas, mi tozudez no conocía límites, los porrazos empezaron a formar parte de mi día a día. Mi “yeya” compró un radiocasete para que grabase las clases y poder así seguirlas, yo lo usé para escuchar a camarón, Los Chichos y tijeritas en el patio de la escuela, con un montón de chavales haciéndome los coros y tocando las palmas a mi alrededor.
Mis padres comenzaron a desesperarse, los imagino casi tan perdidos como yo y aunque desde la ONCE hacían todo lo humanamente posible, el niño no reaccionaba positivamente a los estímulos que se le ofrecían.
Sin embargo un día cambió todo.
Recuerdo su nombre, Belén, su voz dulce, alegre, llena de buenas intenciones, era profesora de la ONCE y venía a enseñarme algo.
Oí un sonido de papeles sobre mi pupitre, percibí el olor de los folios, sus manos suaves se posaron sobre las mías de niño y con mimo las guiaron a través de un laberinto de puntos, no supe que era aquello, mi confusión era evidente. Ella desplegó toda su paciencia y comenzó a explicarme los rudimentos básicos de aquel extraño sistema que se localizaba en aquel grueso papel lleno de granitos de arroz que no significaban nada para mí.
Pasaron los días y las semanas y la luz fue apoderándose de mis dedos, comencé a descifrar letras que fueron formando palabras, cosas simples: mamá, cubo, dedo, dad, bebé, palabras que se fueron convirtiendo en frases, también simples al principio:
Mi mamá me ama
Dame la mano
Dame agua
Y así, muy poco a poco las frases simples se complicaron.
Apareció un pequeño cuento, no sé si fue Belén quien lo consiguió en la ONCE, lo cierto es que me sorprendió comprobar que a los pocos días lo había leído yo sólo y quise probar la sensación de escribir y entonces… se hizo la magia, una magia ruidosa y pesada, un día trajo a clase algo que llamaba Perkins, una máquina para escribir braille, yo lo había intentado con la pauta, pero me resultaba enormemente pesado y difícil, aquella máquina supuso una auténtica revolución y al mismo tiempo que adquiría velocidad en las yemas de los dedos para leer, también hice lo propio para escribir.
Belén me habló de algunas revistas infantiles que publicaba la ONCE y apareció en mi vida “Trasto”, por sus páginas desfilaban las aventuras y desventuras de otros muchachos ciegos como yo, relatos, cuentos y vivencias se daban cita mensual en aquellas pocas hojas.
Llevaba las revistas a todas partes, en el autobús que me llevaba a la escuela, en el coche de mi padre cuando íbamos de fin de semana a alguna parte, a la casa de mis “yeyos”, al parque, al recreo… se convirtieron en mis compañeras inseparables, bueno, mías y de mis dedos, porque llegaron a dolerme las manos de tantísimo como leí.
Se produjo un acontecimiento asombroso para mi mente infantil, poco a poco y a base de practicar, mis dedos parecían tener alas, leía a una velocidad increíble, no sólo para leer, también para escribir.
Y de pronto empezó a entrar gente en forma de páginas y más páginas en braille por la puerta de mi casa, Valencia, Sevilla, Madrid y… ¡también desde fuera de España! Comencé a cartearme con decenas de niños que como yo estaban ansiosos por conocer a otros chavales con sus mismas inquietudes, de aquellos folios llenos de puntitos nació en muchos casos una amistad que perdura tres décadas después.
Pasó el tiempo y cuando creí que nada podría sorprenderme de nuevo, un viernes por la tarde (era habitual que nos desplazásemos de Móstoles al barrio de Tetuán a ver a mis “yeyos”) al llegar mi “yeya” Carmen me dijo que subiese al cuarto que el abuelo había traído algo para mí. Aquel cuarto era el que mi padre ocupaba de soltero, subí entusiasmado creyendo que lo que allí me esperaba era un aparato de radio, pues ya en aquellos años ese era el mejor juguete que se me podía regalar, no obstante lo que allí encontré me dejó con la boca abierta, ¡un libro! Un libro en braille, pensé que mis abuelos se habían vuelto locos, yo no sería capaz de leer un libro, sin embargo no dudé en comenzarlo, pasó lo que para mí fue poco tiempo cuando me llamaron para que bajase a cenar, comprobé las paginas leídas hasta aquel momento y… ¡treinta!. Aquel libro se titulaba Los cinco lo pasan estupendo y fue la primera aventura que pasó por mis dedos, tras ella y durante aquellos años por mis manos desfilaron Colmillo blanco, La historia interminable, El pequeño vampiro y otros muchos que hicieron mis delicias.
Aquel ritual se convirtió en una tradición y casi cada semana al abrir mi abuela la puerta de su casa y tras saludar efusivamente a la familia, me invitaba a subir a la antigua habitación de mi padre para que viese lo que me había traído el abuelo, aquel recuerdo lo atesoro con nostalgia, cariño y sobre todo un agradecimiento profundo, ya que mis “yeyos” plantaron en mi la semilla del devorador de libros en el que me he convertido hoy.
Ha pasado una vida de todo aquello, mis abuelos y mi padre hoy me contemplan desde el cielo, belén estará jubilada y los niños que armaban jaleo escuchando a Camarón, el Tijeritas y Los chichos en el patio del colegio conmigo, serán padres de otros niños. No obstante y por mucho que pase el tiempo, lo que nunca se diluirá es el amor incondicional que siento por estos seis pequeños puntos, la gratitud que no cabe en estas líneas hacia aquel joven francés que hace dos siglos inventó aquel sistema que hizo libres a todos los ciegos del mundo.
Gracias Louis, sin ti no habría podido leer una nota musical, el nombre de un medicamento, el número de piso al que voy cuando subo en un ascensor, no habría conocido a colmillo Blanco, no sabría nada de Bastian y de su increíble peripecia por el país de fantasía, sin ti Los cinco habrían sido solo un número y no cuatro muchachos y un perro en busca de aventuras, gracias Louis porque sin tu esfuerzo e inventiva hoy no sabría que Valencia empieza con v y Betis con b.
Gracias, AMIGO
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Precioso y entrañable relato....
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