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martes, 23 de diciembre de 2025
LA MONTAÑA
El muchacho avanzaba a tientas por la ladera, hundiendo el bastón en una nieve que crujía como vidrio roto. No veía la montaña, pero la sentía respirar: el viento le golpeaba la cara con cuchillas de hielo, la pendiente le hablaba con cada tropiezo, y el frío se le colaba por los huesos hasta hacerle doler los pensamientos. Llevaba horas sin comer. El hambre ya no era un rugido, sino un vacío limpio, peligroso, como si por dentro se hubiera apagado algo.
Se detuvo a escuchar. En invierno, la montaña no perdona el ruido inútil. Entonces lo oyó: un aullido largo, grave, que no venía de lejos. El lobo estaba allí, moviéndose con cuidado, midiendo cada paso. El chaval tensó el cuerpo. No podía verlo, pero sabía que lo estaban observando. Sintió el miedo como una ola caliente en medio del hielo.
Siguió andando. No había otro remedio. Cada paso era más lento, más torpe. Los dedos ya no respondían, los labios se le habían quedado rígidos, y la respiración salía en bocanadas cortas, blancas. El lobo volvió a aullar, esta vez más cerca. El sonido no era furia: era paciencia.
El muchacho resbaló y cayó de rodillas. El golpe le arrancó el aire. Se quedó allí, inclinado sobre la nieve, escuchando su propio corazón desbocado. El hambre y el frío empezaron a mezclarse, a confundirlo todo. Pensó que tal vez el lobo acabaría con aquello rápido, y la idea, por un segundo, le pareció un descanso.
Oyó pasos. El animal se acercó. El chaval levantó una mano temblorosa, como si pudiera tocarlo. El lobo se detuvo. Olfateó. No atacó.
En lugar de eso, se alejó.
El silencio volvió a caer sobre la montaña, pesado, absoluto. El muchacho esperó el mordisco que no llegó. Esperó el final violento que había imaginado. Pero lo único que encontró fue el frío, más hondo, y el hambre, ya sin dolor.
Cuando dejó de moverse, el lobo regresó. No para matarlo, sino para rodear el cuerpo inmóvil y aullar hacia el valle, anunciando que allí arriba, en el corazón del invierno, la montaña había vuelto a ganar.
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