lunes, 29 de diciembre de 2025

LA DECISIÓN DE MERCHE

En el barrio de bloques bajos y ropa tendida entre ventanas, donde los radiocasetes escupían Camela y Los Chichos y los niños jugaban al fútbol con porterías de piedras, Merche aprendió demasiado pronto lo que era crecer. Tenía diecisiete años, el pelo negro siempre recogido con una pinza barata, pendientes de aro grandes y una mirada que parecía aguantar el mundo. Gitana, hija de un hombre serio y una madre cansada, vivía con el corazón encogido y la risa fácil. David llegó a su vida una tarde de verano, apoyado en una moto prestada, con veinte años recién cumplidos y una chupa vaquera gastada. Escuchaba a Héroes del Silencio y fumaba Ducados como si eso le hiciera mayor. Se conocieron en la plaza, entre miradas robadas y bromas torpes, y el amor les cayó encima sin pedir permiso. Se querían con esa intensidad que solo existe cuando no se sabe medir el daño. Los domingos se sentaban en un banco, compartían una bolsa de pipas y hablaban de irse lejos, de trabajar, de tener algo propio. El barrio les quedaba pequeño, pero también era todo lo que tenían. Cuando Merche empezó a marearse por las mañanas y a contar los días con miedo, lo supo antes incluso de hacerse la prueba. Aquella rayita rosa le tembló en las manos como un presagio. David la abrazó fuerte cuando se lo dijo, con más miedo que palabras. Prometió hacerse cargo, buscar trabajo, lo que hiciera falta. Pero el rumor corrió rápido, como todo en los barrios humildes, y cuando los padres de Merche se enteraron, el mundo se les vino encima. No gritaron. Fue peor. Decidieron protegerla a su manera: alejándola. Una noche, sin despedidas largas, la subieron a un coche viejo y la mandaron a Chiclana de la Frontera, a casa de unos tíos lejanos. “Allí nadie te señalará”, le dijo su madre sin mirarla a los ojos. Merche dejó atrás su habitación, su barrio, y a David, con un nudo en la garganta que no la dejaba respirar. En Cádiz el aire olía a sal, pero Merche solo sentía ausencia. Pasaba las tardes sentada en el patio, acariciándose la barriga aún plana, pensando en Madrid, en las cintas de cassette, en el banco de la plaza. Las llamadas eran pocas y cortas. David decía que la quería, pero la distancia pesa más que las promesas. Una madrugada, David metió cuatro cosas en una mochila, arrancó su Renault 19 gris —con el salpicadero agrietado y una cinta de Extremoduro puesta— y se lanzó a la carretera. Condujo horas, con los nudillos blancos y el corazón desbocado, repasando en la cabeza todo lo que no había dicho. Paró solo para echar gasolina y llamar desde una cabina, dejando monedas caer una tras otra. Cuando llegó a Chiclana, preguntó hasta dar con la casa. Merche lo vio desde la ventana y el tiempo se detuvo. Bajó corriendo, sin pensar en nada más, y se abrazaron como si el mundo pudiera desaparecer en ese gesto. Lloraron los dos. No había discursos, solo verdad. Los tíos miraban desde la puerta, serios. Los padres de Merche llegaron después, avisados por el revuelo. Hubo palabras duras, reproches, miedo. David habló con la voz rota, pero firme. Dijo que no era un crío, que amaba a su hija, que el bebé no era una vergüenza. Merche, por primera vez, alzó la voz delante de todos. Dijo que no estaba rota, que no necesitaba esconderse. No fue una victoria limpia. Hubo silencios largos y miradas que dolían. Pero aquella noche no la obligaron a quedarse. Volvieron a Madrid juntos, con el Renault 19 avanzando despacio, como si cuidara el futuro que llevaba dentro. El barrio seguía siendo humilde, los problemas no desaparecieron y la vida no se volvió fácil. David trabajó donde pudo, Merche aprendió a ser madre siendo casi una niña. Pero cuando, años después, paseaban con su hijo por la misma plaza donde todo empezó, con una radio sonando a lo lejos y el sol cayendo entre los bloques, Merche supo que, a pesar de todo, habían ganado algo: el derecho a elegir su propio camino.

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