miércoles, 31 de diciembre de 2025

FLIPI

El frío de diciembre se pegaba a las aceras de Móstoles como una segunda piel. Era un frío de los años noventa, seco y honesto, de bufandas de lana áspera y guantes heredados, de vaho saliendo de las bocas y de radios encendidas para combatir el silencio. La Navidad se anunciaba en las luces temblonas de la avenida, en los villancicos que escapaban de las tiendas y, sobre todo, en el murmullo constante de la banda ciudadana, la vieja radio de 27 megahercios que nunca dormía del todo. Rafa tenía doce años y no veía la escarcha dibujada en los coches ni las bombillas de colores colgadas en los balcones, pero conocía cada rincón del barrio por el sonido que hacía. Sabía cuándo estaba cerca del quiosco por el tintineo de las monedas, cuándo pasaba el autobús por el resoplido grave del motor, y cuándo llegaba la Navidad porque la banda se llenaba de risas, voces nuevas y saludos largos. Rafa era ciego desde niño, pero en la radio veía más que nadie. En su habitación, al fondo del piso, junto a la ventana mal aislada, descansaba su tesoro: una emisora de banda ciudadana con el micrófono gastado y el canal selector duro, regalada por un tío suyo que durante años fue una voz habitual en la banda y que un día, sin más, decidió dejar la radio para dedicarse a otras aficiones. Su padre se la había instalado sobre una mesa coja, con un cable que cruzaba la pared hasta una antena improvisada en la ventana del bajo en el que vivían. Cada noche, Rafa encendía el equipo y el mundo se ordenaba en voces. —Aquí Base Trébol llamando para el trivial, cambio —decía una voz grave desde algún punto del sur.
Rafa sonreía. El trivial en la banda ciudadana era uno de sus juegos favoritos. No hacía falta tablero ni fichas, solo memoria y rapidez. Cada canal se convertía en una mesa invisible donde hombres y mujeres de Móstoles, Alcorcón, Fuenlabrada o Leganés lanzaban preguntas al aire: capitales, canciones, refranes, fechas imposibles. Rafa participaba con el indicativo que se había ganado: Flipi. Siempre atento. —Adelante Flipi, te toca —le decían. Y él respondía sin titubear, con una seguridad que sorprendía a quienes no sabían que aquel niño ciego pasaba horas escuchando la radio, aprendiendo de todo lo que sonaba. En la banda nadie preguntaba cómo eras, solo si estabas ahí. Y Rafa estaba más que nadie. Las noches de diciembre se alargaban con el frío. Su madre protestaba desde la cocina, diciéndole que no se pegara tanto a la radio, que se le iban a helar las manos. Pero su padre, soldador de estructuras metálicas, le guiñaba un ojo y le dejaba estar. Sabía que aquella caja llena de ruido era, para Rafa, una ventana. En los canales se hablaba de todo. De fútbol, de la cuesta de enero, de la lotería que nunca tocaba. Pero cuando se acercaban las fiestas, había algo especial. Alguien proponía una cacería del zorro y el ambiente cambiaba. La cacería era un juego popular de la banda ciudadana: uno se escondía, emitía breves señales, y los demás tenían que localizarlo recorriendo las calles con sus emisoras, siguiendo la intensidad de la señal como quien sigue un rastro invisible. Rafa no podía salir a buscar al zorro con los demás, pero participaba desde casa. Escuchaba las emisiones cortas, los tonos, los silencios. En su cabeza se dibujaba un mapa sonoro de Móstoles: sabía si el zorro estaba cerca del polígono por el eco metálico, si se movía por el parque por el viento colándose en el micrófono. A veces, incluso acertaba antes que nadie. —El zorro está cerca de la estación vieja, seguro —decía Rafa. —Este chaval tiene un radar en la cabeza —respondían riendo al otro lado. La noche de Nochebuena cayó con un frío más duro que otros años. Rafa cenó rápido, nervioso, porque había cacería especial navideña. Su madre le colocó una bufanda alrededor del cuello aunque no fuera a salir, como si así pudiera protegerlo también de lo que no se ve. Su padre ajustó la antena en la ventana y le deseó suerte. La banda estaba llena. Más que nunca. Indicativos conocidos, voces amigas, incluso gente que llevaba tiempo sin aparecer. El zorro comenzó a emitir: una señal corta, limpia, juguetona. Los móviles salieron a la calle, los coches arrancaron, las risas llenaron los canales. Rafa escuchaba con los ojos cerrados, como siempre. Cada emisión era una pista. Cada interferencia, una sombra. En un momento dado, el zorro habló. —Feliz Navidad a todos… y cuidado, que el frío engaña. La voz le resultó familiar. Demasiado. Rafa sintió un nudo en el estómago. Esperó la siguiente emisión, afinó el oído, buscó el temblor leve, ese modo de arrastrar las eses. —Papá… —llamó en voz baja. Su padre se acercó. —¿Qué pasa, campeón? —Ese zorro… —dijo Rafa despacio—. Ese zorro es el tío. El silencio se hizo denso en la habitación, roto solo por el chisporroteo de la emisora. Su padre no respondió de inmediato. Se sentó en la cama, apoyó los codos en las rodillas y suspiró. —Hace tiempo que no sabemos nada de él —dijo al fin—. Igual solo se parece. Rafa negó despacio. No hacía falta ver para saberlo. El zorro volvió a emitir una última vez. —Para Flipi… —dijo la voz, ya sin juego—. Nunca dejé de escucharte. Solo necesitaba saber que seguías ahí. La señal se cortó. Nadie volvió a localizar al zorro aquella noche. En la banda se fueron despidiendo uno a uno, entre risas cansadas y deseos de feliz Navidad. La casa quedó en silencio. Rafa apoyó las manos sobre la emisora aún caliente y sonrió con una tristeza suave, de esas que no duelen del todo. Su madre apareció con un plato de turrón y lo dejó en la mesa. Su padre le pasó el brazo por los hombros. —La radio une a la gente, hijo —dijo—. Incluso cuando parece que están lejos. Rafa asintió. Afuera, Móstoles dormía bajo el frío. Dentro, la emisora seguía encendida, como un corazón pequeño y obstinado. Rafa supo que, pasara lo que pasara, mientras existiera una voz al otro lado, nunca estaría solo. Aquella Nochebuena, sin verlo, vio la Navidad más clara que nunca.

lunes, 29 de diciembre de 2025

LA DECISIÓN DE MERCHE

En el barrio de bloques bajos y ropa tendida entre ventanas, donde los radiocasetes escupían Camela y Los Chichos y los niños jugaban al fútbol con porterías de piedras, Merche aprendió demasiado pronto lo que era crecer. Tenía diecisiete años, el pelo negro siempre recogido con una pinza barata, pendientes de aro grandes y una mirada que parecía aguantar el mundo. Gitana, hija de un hombre serio y una madre cansada, vivía con el corazón encogido y la risa fácil. David llegó a su vida una tarde de verano, apoyado en una moto prestada, con veinte años recién cumplidos y una chupa vaquera gastada. Escuchaba a Héroes del Silencio y fumaba Ducados como si eso le hiciera mayor. Se conocieron en la plaza, entre miradas robadas y bromas torpes, y el amor les cayó encima sin pedir permiso. Se querían con esa intensidad que solo existe cuando no se sabe medir el daño. Los domingos se sentaban en un banco, compartían una bolsa de pipas y hablaban de irse lejos, de trabajar, de tener algo propio. El barrio les quedaba pequeño, pero también era todo lo que tenían. Cuando Merche empezó a marearse por las mañanas y a contar los días con miedo, lo supo antes incluso de hacerse la prueba. Aquella rayita rosa le tembló en las manos como un presagio. David la abrazó fuerte cuando se lo dijo, con más miedo que palabras. Prometió hacerse cargo, buscar trabajo, lo que hiciera falta. Pero el rumor corrió rápido, como todo en los barrios humildes, y cuando los padres de Merche se enteraron, el mundo se les vino encima. No gritaron. Fue peor. Decidieron protegerla a su manera: alejándola. Una noche, sin despedidas largas, la subieron a un coche viejo y la mandaron a Chiclana de la Frontera, a casa de unos tíos lejanos. “Allí nadie te señalará”, le dijo su madre sin mirarla a los ojos. Merche dejó atrás su habitación, su barrio, y a David, con un nudo en la garganta que no la dejaba respirar. En Cádiz el aire olía a sal, pero Merche solo sentía ausencia. Pasaba las tardes sentada en el patio, acariciándose la barriga aún plana, pensando en Madrid, en las cintas de cassette, en el banco de la plaza. Las llamadas eran pocas y cortas. David decía que la quería, pero la distancia pesa más que las promesas. Una madrugada, David metió cuatro cosas en una mochila, arrancó su Renault 19 gris —con el salpicadero agrietado y una cinta de Extremoduro puesta— y se lanzó a la carretera. Condujo horas, con los nudillos blancos y el corazón desbocado, repasando en la cabeza todo lo que no había dicho. Paró solo para echar gasolina y llamar desde una cabina, dejando monedas caer una tras otra. Cuando llegó a Chiclana, preguntó hasta dar con la casa. Merche lo vio desde la ventana y el tiempo se detuvo. Bajó corriendo, sin pensar en nada más, y se abrazaron como si el mundo pudiera desaparecer en ese gesto. Lloraron los dos. No había discursos, solo verdad. Los tíos miraban desde la puerta, serios. Los padres de Merche llegaron después, avisados por el revuelo. Hubo palabras duras, reproches, miedo. David habló con la voz rota, pero firme. Dijo que no era un crío, que amaba a su hija, que el bebé no era una vergüenza. Merche, por primera vez, alzó la voz delante de todos. Dijo que no estaba rota, que no necesitaba esconderse. No fue una victoria limpia. Hubo silencios largos y miradas que dolían. Pero aquella noche no la obligaron a quedarse. Volvieron a Madrid juntos, con el Renault 19 avanzando despacio, como si cuidara el futuro que llevaba dentro. El barrio seguía siendo humilde, los problemas no desaparecieron y la vida no se volvió fácil. David trabajó donde pudo, Merche aprendió a ser madre siendo casi una niña. Pero cuando, años después, paseaban con su hijo por la misma plaza donde todo empezó, con una radio sonando a lo lejos y el sol cayendo entre los bloques, Merche supo que, a pesar de todo, habían ganado algo: el derecho a elegir su propio camino.

jueves, 25 de diciembre de 2025

CUENTO DE NAVIDAD

Al final de una calle oscura y humilde de un barrio cualquiera de Sevilla, vivía Mateo con su familia. Él era un muchacho ciego de nacimiento cuyo bien más preciado era una vieja guitarra de cuerdas gastadas que su abuelo le regaló antes de morir.
La chimenea crepitaba casi sin fuerzas aquella Nochebuena. Los leños se habían consumido hacía ya largo rato. La cena era un vago recuerdo en aquellos estómagos casi vacíos. Mateo cogió su guitarra y empezó a tocar una soleá. Cuentan que el sonido del instrumento subió por la chimenea y que llegó casi hasta el cielo, dónde se detubo el trineo de Papá Noél. El viejo bajó sin hacer ruido hasta la modesta habitación dónde combatían el frío Mateo y los suyos, se agachó junto al niño y depositó un pequeño presente. A la mañana siguiente, Mateo no esperaba nada. Papá Noél no había ido nunca a su casa, pero su padre le advirtió de que junto a la chimenea había algo que llevaba su nombre. El niño abrió el presente y se encontró con un juego de cuerdas para su guitarra, además de una nota en Braille que pudo leer con sus manos. En ella el hombre de barba blanca y sonrrisa bondadosa había escrito: "Para que la música nunca te abandone, ni a tí ni a quién quiera y sepa escuchar"

martes, 23 de diciembre de 2025

LA MONTAÑA

El muchacho avanzaba a tientas por la ladera, hundiendo el bastón en una nieve que crujía como vidrio roto. No veía la montaña, pero la sentía respirar: el viento le golpeaba la cara con cuchillas de hielo, la pendiente le hablaba con cada tropiezo, y el frío se le colaba por los huesos hasta hacerle doler los pensamientos. Llevaba horas sin comer. El hambre ya no era un rugido, sino un vacío limpio, peligroso, como si por dentro se hubiera apagado algo. Se detuvo a escuchar. En invierno, la montaña no perdona el ruido inútil. Entonces lo oyó: un aullido largo, grave, que no venía de lejos. El lobo estaba allí, moviéndose con cuidado, midiendo cada paso. El chaval tensó el cuerpo. No podía verlo, pero sabía que lo estaban observando. Sintió el miedo como una ola caliente en medio del hielo. Siguió andando. No había otro remedio. Cada paso era más lento, más torpe. Los dedos ya no respondían, los labios se le habían quedado rígidos, y la respiración salía en bocanadas cortas, blancas. El lobo volvió a aullar, esta vez más cerca. El sonido no era furia: era paciencia. El muchacho resbaló y cayó de rodillas. El golpe le arrancó el aire. Se quedó allí, inclinado sobre la nieve, escuchando su propio corazón desbocado. El hambre y el frío empezaron a mezclarse, a confundirlo todo. Pensó que tal vez el lobo acabaría con aquello rápido, y la idea, por un segundo, le pareció un descanso. Oyó pasos. El animal se acercó. El chaval levantó una mano temblorosa, como si pudiera tocarlo. El lobo se detuvo. Olfateó. No atacó. En lugar de eso, se alejó. El silencio volvió a caer sobre la montaña, pesado, absoluto. El muchacho esperó el mordisco que no llegó. Esperó el final violento que había imaginado. Pero lo único que encontró fue el frío, más hondo, y el hambre, ya sin dolor. Cuando dejó de moverse, el lobo regresó. No para matarlo, sino para rodear el cuerpo inmóvil y aullar hacia el valle, anunciando que allí arriba, en el corazón del invierno, la montaña había vuelto a ganar.