jueves, 6 de julio de 2017

LA LEYENDA PERDURA EN EL TIEMPO

Cuando el pasado 2 de julio se cumplió el 25 aniversario de la muerte de Camarón de la Isla, tuve la intención de escribir unas líneas al respecto. Pasaron las horas de aquel domingo y me fui dando cuenta de algo importante: ¡no es tan fácil ponerse delante del teclado a esbozar algo sobre el genio gaditano!
Quería contar algo distinto, algo que poca gente supiese, no quería hacer una chapuza porque José no merece que un juntaletras como yo le faltase al respeto escribiendo lo primero que se le viniese a la mente, es por eso que dicerní bien sobre lo que iba a redactar y esto es lo que ha salido, aquí mi humilde homenaje al mejor cantaor de flamenco de la historia.
José Monje Cruz vino al mundo un 5 de diciembre de 1950 en San Fernando (Cádiz). Hijo de Juan Luis Monge Núñez y de Juana Cruz Castro, pronto aprendió los rudimentos del cante más añejjo escuchando a su padre cantar en la fragua en la que trabajaba, José fue poco al colegio porque lo que a él le gustaba ya desde muy niño era el cante, los más viejos de la Isla cuentan que lo suyo era especial, duende, prodigio puro.
Las crónicas dicen que el apodo de Camarón se lo puso un tío suyo al ver el aspecto de aquel niño que poco tenía en común con los gitanos, de piel blanca y carácter retraído, como decía, fue poco el tiempo que pasó en el colegio de Las Carmelitas donde le enseñaron las 4 reglas básicas para moverse por la vida y pronto hubo de acompañar a su padre en el arduo trabajo en la fragua donde aprendió no solo a darle al yunque, también lo mejor de un cante que se pierde en los años de historia del pueblo gitano.
Camarón pronto destacó y debido a los problemas económicos que atravesaba su familia tras el fallecimiento de su padre, comenzó a cantar por los tablaos de su San Fernando natal, además de la estación de tranvías de aquella localidad. A José se le queda chico aquel lugar y quiere probar suerte en Andalucía, acompañado de su amigo Rancapino visita las ferias de su entorno y cosecha un éxito que le lleva a ganar premios importantes y a que figuras ya consagradas del cante se fijen en él.
Camarón fue un artista indispensable para todos los que amamos la música flamenca, se hizo acompañar de guitarristas de la talla de Paco Cepero, Paco de Lucía, Tomatito o el Niño Miguel entre otros, hizo grande no solo a aquellos guitarristas (y esto es opinión personal( sin Camarón seguramente aquellos genios de la guitarra no habrían sido tan reconocidos en la música como lo fueron.
José influyó definitivamente y para bien en un género que se había quedado solo en el mundo gitano, el gaditano lo sacó de allí y nos lo entregó para que el común de los mortales tuviésemos el privilegio de disfrutarlo.
Lamentablemente José Monje Cruz se fue demasiado pronto y un 2 de julio de 1992 a las 7 de la mañana la voz de leyenda se apagó para siempre, todos los “camaroneros” recordamos aquel día con profunda tristeza, yo tenía 13 años y sentí que un gran amigo se había marchado para siempre, no fui consciente de lo mucho que echaríamos de menos a José, de lo mucho que habíamos perdido todos, no solo gitanos, no solo los flamencos, todos los que amamos el arte, aquel día se fue un hombre irrepetible en la historia. Los que lo conocieron en persona cuentan una y mil anécdotas de él, de lo callado que era, de que le hubiese encantado tocar la guitarra mejor de lo que lo hacía, de lo mucho que admiraba a los viejos, de lo estudioso que era del cante, lo mucho que le gustaba entenderlo para llevárselo a su terreno y hacerlo internacional. Para José no fue difícil entrar en nuestras vidas y quedarse para siempre, no fue complicado emocionarnos con su “Leyenda del tiempo”, hizo que montásemos a aquel “potro de rabia y miel”, nos hizo saber que todos podemos ser gitanos y llegar a tu casamiento y rompernos la camisa, quizá la única que tenemos, José le cantó a Rosa María y todos quisimos tener una novia con ese nombre para pasarnos la noche “muele que muele”…
Vaya desde aquí mi más profundo respeto y admiración a una voz de leyenda, a un hombre inigualable, un mito para muchos y un ser especial para todos, cuya Leyenda dio comienzo un fatídico 2 de julio de 1992.

viernes, 30 de junio de 2017

UNA BUENA HISTORIA

En esta espiral de acontecimientos, todos a una velocidad imposible de soportar, resulta que hay veces en las que la ficción supera a la realidad, habéis leído bien, la ficción prevalece a la realidad. Porque viene siendo habitual entrar en alguna de las diferentes redes sociales que casi todos los seres humanos del llamado primer mundo tenemos activas, para darse cuenta de que en demasiadas ocasiones lo que en principio podría parecernos una broma de mal gusto o parte de el guión de una película, resulta ser real como la vida misma… este es el caso de la última novela que ha caído entre mis manos, “No soy un monstruo” es la primera novela de la catalana Carme Chaparro.

Su debut no ha podido ser más estelar, supongo que cuando decides abordar la monumental tarea de escribir un libro no te imaginas lo que puede despertar en las personas que lo leen, este es el caso de “No soy un monstruo” donde ficción y realidad se toman de la mano para adentrarte en el particular hábitat de la Inspectora Jefa Ana Arén, una rubia que decide teñirse de morena por un poderoso motivo, una policía eficaz, (menos de lo que a ella le gustaría) una mujer de armas tomar, de esas que no te pasan ni una. Pero una mujer sensible, que llora, que ríe y que se emociona, que sale con sus amigos de copas (como tú y como  yo) que sale a cenar (como tú y como yo) y a la que la vida (seguramente como a ti y a mí) no ha terminado de tratarla todo lo justamente que se merece.

Nos adentramos en la vida de Inés Grau, una periodista atenta a todo lo que sucede a su alrededor, una mujer de raza, que cree hacer siempre lo correcto.

Los personajes de “No soy un monstruo” son seres normales, personas a las que te puedes encontrar por la calle, en una cafetería o en el vagón del metro que por las mañanas te lleva a trabajar.

Todo comienza cuando un niño es secuestrado en un centro comercial de Madrid, ¿hay acaso algo que más nos angustie a todos que la desaparición de un crío? Seguramente si eres padre es algo que te aterra y si no lo eres es algo que te achica el alma, pensando ¿y si me hubiese pasado a mí?

En este mundo de sensaciones nos adentra la autora en esta primera novela suya, con un ritmo trepidante, que jamás pierde el compás de la narración, no puedes parar de leer, quizá necesitas saber a toda costa que le sucedió al pequeño Nico, a Quique con su camiseta de “Super Quique”… en todo caso y sea como fuere, lo importante es que no debes abandonar la lectura, porque el final es asombroso, no puedes creer lo que sucede y al mismo tiempo tienes la sensación contraria ¿por qué no me habré dado cuenta antes? ¿por qué no he podido decírselo a la Inspectora Jefa Arén? Te metes tanto en la historia que gritas sorprendido, te indignas y aprietas los dientes en demasiadas ocasiones… trepidante, ágil, increíble… tiene todos los calificativos para ser denominada como la mejor novela que he tenido el placer de leer este año y como seguramente mi yeya Carmen me echaría la bronca si leyese que no doy las gracias a los artífices de todo esto, allá van:

En primer lugar gracias a mi amigo Salva de Valencia por dejarme formar parte de una pequeña gran familia de locos por la lectura, sin vuestras recomendaciones aún seguiría perdido picando de flor en flor, el que dice flores dice novelas…

Y las gracias por último y no menos importante, a un tipo extraordinario que he conocido en los últimos tiempos y con el que he sentido una gran empatía casi desde el primer momento, gracias Javi por tus recomendaciones literarias (incluida “no soy un monstruo”) y gracias por tu paciencia a la hora de explicar algún entresijo del Word… sigue juntando letras de esa forma tan magistral y que tanto nos gusta a  los que te leemos.

Al resto deciros que espero encontraros entre las páginas de la próxima novela que decida leer.

jueves, 29 de junio de 2017

PETICIONES CON MUCHO RESPETO

Por desgracia está siendo habitual hallar en prensa y redes sociales noticias en las que se cuenta la poca empatía que el ser humano demuestra casi a diario y de forma constante.

Viene a ser el caso que soy usuario de perro guía, osea que me hago acompañar por un noble animal que a cambio de nada me presta sus ojos para hacerme la vida un poco más sencilla, ella se llama Lasi, es una perrita nacida en las instalaciones que la Fundación ONCE del Perro guía tiene en la madrileña localidad de Boadilla del Monte, su aspecto físico es el de un perro grande, casi 32 kilos de peso, constitución fuerte, patas enérgicas, una cola que parece un plumero en continuo movimiento.

Todo lo que pueda decir sobre el carácter de este noble animal se quedaría corto, ella es INCREÍBLE, sí, así, con mayúsculas, nunca he conocido a seres tan nobles como lo son estos perros, nunca se niegan a ayudarte, haga frío, calor, esté lloviendo, son incapaces de mostrar cansancio, infatigables en su tarea, son incapaces de fallarte.

Podría contar muchas gestas protagonizadas por estos animales, pero supongo que no toca, hoy no.

Hoy lo que toca es hablar de ti, tú que te levantas a las 6 de la mañana para realizar tu trabajo, tú que pasas frío en invierno, calor en verano, tú que te enfrentas a los meses intentando llegar a los últimos días sin desfallecer en el intento, tú que tienes que ver como personas en estado de embriaguez suben en tu coche, que es tu medio de trabajo y te lo ensucian con sus fluidos incontrolados, tú que alguna vez soportas serenamente al listo de turno que no quiere pagarte o que te regatea el precio de una carrera, tú que soportas con una sonrisa en la boca que un bebé te ensucie la tapicería de tu taxi cuando le sienta mal la papilla que su madre le dio a primera hora del día… y tú no te pones en el lugar de esa persona que se hace acompañar de su perro guía, tú no entiendes que no es un capricho ir con estos animales a todas partes, que para nosotros, los que vamos con nuestros perros, sería mucho más fácil y deseable poder manejar un coche como tú, no nos quejamos, nos ha tocado vivir esta situación, no creo que hayas visto a ningún compañero de fatigas quejarse de ello, pero hombre… no nos lo pongas más difícil de lo que ya lo tenemos. Sabemos y sabes que hay una ley que nos ampara y que no nos gusta usar, para nosotros es mucho más agradable usar el diálogo con todo el mundo, que todos veáis lo bien que trabajan nuestros perros, lo bien que se portan, lo mucho que nos ayudan, sabemos que es un motivo de orgullo para todos, que ellos y su trabajo es necesario y también que se produce gracias a que miles de personas aportan su granito de arena y su solidaridad para que la rueda siga girando… ¿vas a ser tú uno de los que le pongan palitos entre los radios?.

Yo estoy convencido de que no es así, que tú no harías lo que no te gustaría que te hicieran, estoy casi seguro de que aunque nuestros perros puedan dejar algún pelillo en la tapicería de tu coche, eso no va a ser motivo suficiente para no parar cuando veas a un ciego acompañado de su amigo peludo por la calle, seguro que incluso piensas que en el fondo no somos tan temibles y que si nos das una oportunidad hasta podemos contarte algún chiste que te alegre la larga jornada laboral, por eso te pediría que cuando encuentres una persona ciega por la calle no sientas lástima de ella, te requeriría que le dieses una oportunidad y que le dejases subir a tu taxi acompañado de su perro, te rogaría que vieses como algo normal ver a personas ciegas por la calle acompañadas de sus guías.

Sin otro particular se despide un usuario de perro guía y de taxi al que le gustaría seguir siéndolo.

martes, 27 de junio de 2017

EL ÚLTIMO DÍA QUE SERÍAMOS NIÑOS

Era tarde, daba igual, siempre se nos hacía tarde... los atardeceres de entonces no eran como los de ahora, los atardeceres entonces eran luminosos, nos quedábamos ensimismados contemplando como se ponía el sol allá atrás, justo por detrás de las montañas, aquellas que tanto nos gustaba explorar, teníamos 13 años y el mundo nos parecía un lugar enorme que abarcaba todo nuestro pueblo, un pequeño pueblo de la sierra de Madrid. Era el año 1989 y el muro de Berlín había caído hacía excasamente un mes, la navidad se acercaba y todo holía al humo de las chimeneas de la localidad, nosotros éramos tres, siempre tres, los tres de siempre, Álex, Quique y yo, en verano éramos más, en verano venía Luis y su hermana Bea (de la que todos estábamos secretamente enamorados aunqué jamás lo reconoceríamos ante nadie) Ana y sus primos pequeños Lolo y Jaime a los que nos gustaba putear porque tenían cuatro años menos y nosotros nos creíamos con derechos irrefutables, éramos mayores, podíamos fumar y beber... bueno, eso no era del todo cierto, si mi padre me hubiese cogido bebiendo una cerveza de las que le robábamos al señor Satur (dueño del único bar del pueblo) me habría arrancado la cabeza de un bofetón.
Todavía recordaba como me lagrimearon los ojos de rabia e impotencia el día que me abofeteó porque me pilló robándole un cigarrillo del paquete que ocultaba ante todos, no podía fumar, el médico se lo había prohibido después de que al terminar la primavera pasada sufriese un infarto de miocardio mientras descargaba su vieja furgoneta que utilizaba para trabajar.
Aquel era el último día de instituto, nosotros éramos mayores´, nosotros íbamos al instituto, yo no sabía por aquel entonces que aquel sería e´l último día de muchas cosas, el último de cigarros compartidos, confesiones inconfesables apoyados en el muro del cementerio del pueblo en el que se decía que había servido de muro de las lamentaciones para muchas viudas de la zona que habían visto como asesinaban a sus maridos en la dura posguerra civil que asoló nuestro país y de la que tanto habíamos oído hablar en clase, no sabía que sería la última vez que le robaríamos cervezas al señor Satur, la última ocasión que tendríamos de intercambiar casetes de Barón Rojo y de Los Secretos, la última vez en la que me pelearía con mis amigos por conseguir el último cromo de la colección de la Liga de Fútbol, porque aquel... aquel fue el último día que fuimos niños, aquella noche uno de nosotros no llegaría jamás a casa y todos, sus padres, hermanos, familiares, amigos y el pueblo en general, se sumirían en una depresión de la que sería casi imposible escapar, aquella noche los dos que quedaron, los dos que sobrevivieron, desearían no haberlo hecho, porque los dos que permanecieron en el pueblo fueron señalados con el dedo acusador de la indominia, los recelos, la rabia y la incomprensión de una sociedad rural y poco abanzada que fue incapaz de entender lo que pasó aquella fría noche de comienzos del invierno del año 1989.

domingo, 2 de abril de 2017

Y LA LUZ SE LE APAGÓ

Podría comenzar este pequeño escrito diciendo que todo se fue al traste un 2 de abril de 1992.... pero no sería justo y seguramente al héroe de nuestra historia no le gustaría y no le haría justicia.

Me desperté aquel día como todos los días de mi infancia, tenía 13 años, hacía buen tiempo y no recuerdo si era martes o viernes, recuerdo que era un día de colegio, eso sí, recuerdo que nos estábamos preparando para recibir los JJOO de Barcelona y la Expo de Sevilla, aquel, sin duda sería uno de los años que no olvidaríamos los chavales españoles de la época por la cantidad de cosas que estaban sucediendo.

Mi madre siempre encendía el televisor para que mientras desayunábamos mi hermano y yo viésemos alguna serie de aquellos canales de reciente creación, nada nos podía hacer sospechar lo que había pasado por la noche, en muchas otras ocasiones fue la radio la que me dio y me sigue dando buenas y malas noticias, esta vez fue la tele, no recuerdo el canal, lo que sí recuerdo es la voz nítida de la locutora que me sobrecogió el corazón cuando me contó que la estrella del 7 se había ido al cielo aquella noche.

Desde Fuengirola, pasando por la Cibeles y Chamartín, bajando por la Castellana… todos lloramos aquel día la muerte de un hombre irrepetible en la historia de nuestro balompié, todos recordamos como el Bernabéu cogía aliento antes de que el vídeo marcador del estadio marcase el minuto 7 para cantarle a su ídolo, todos recordamos los pases precisos a la cabeza de Carlos Santillana para que metiese la esfera en la portería contraria y se formase la piña blanca ante el éxtasis de la afición, a todos nos vino a la mente el día del pisotón a aquel jugador alemán de cuyo nombre no quiero acordarme y que le costó la salida de su casa, aquella botella que impactó en la cabeza de todos nosotros aunque solo le diese físicamente a Juan.

Hombre idolatrado por muchos y odiados por otros por cuanto representaba, los valores de un Real Madrid con el que ganó ligas, copas del rey y hasta Copas de la UEFA, a Juan Gómez sólo le faltó alzarse con la Copa de Europa, como a su generación se le quedó clavada esa espina, fue el eterno 7 del Real Madrid, nadie ha vestido la camiseta blanca con la misma pasión, demostrando el mismo amor a los colores y con la misma intensidad que lo hizo él y si de mi dependiese (y si esto fuese EEUU) yo habría retirado la camiseta con el 7 en su honor y no habría dejado que nadie más la vistiese…

Juanito iba de Madrid (donde había visto a su equipo en Chamartín) jugar una eliminatoria de la UEFA a Mérida donde entrenaba al equipo extremeño en segunda división.

Las crónicas dicen que Juan podría haber sido uno de los mejores entrenadores de la época, yo eso nunca lo sabré, lo único que sé es que estando un día en El Pardo tuvo la deferencia de pararse a firmarle un autógrafo a mi primo JuanJo que hoy estará compartiendo estrella con él en el firmamento madrileño desde donde cogidos de la mano y con una sonrisa en la cara verán como las copas de Europa que ellos no pudieron disfrutar en vida, hoy llenan las vitrinas de su querido Real Madrid.