El rincon de Rafa Trigos
Bienvenido a este pequeño rincón de la red dónde espero que te sientas cómodo. La intención de este blog es compartir contigo recomendaciones literarias, relatos y todo lo que tenga que ver con libros y escritores. Arrímate al calor de la lumbre que vamos a contar historias.
martes, 13 de enero de 2026
EL FIN
Al principio hubo refugios. Casas con tablones, supermercados con velas, familias que aún se decían “aguanta”. Los vivos aprendieron a contar munición como quien cuenta días. Aprendieron a no llorar, porque el llanto llamaba. Aprendieron a dormir sentados.
Con el tiempo, los zombies fueron ganando algo peor que fuerza: costumbre. Dejaron de dar miedo. Eran parte del paisaje, como farolas rotas. Los vivos empezaron a perder nombres; se llamaban por funciones: el que corre, la que cura, el que dispara. El lenguaje se fue haciendo pequeño, y con él, la esperanza.
Cuando cayó el último refugio nadie lo supo. No hubo una explosión ni una noticia de última hora. Simplemente, una mañana no quedaba nadie esperando a que amaneciera. Las radios seguían hablando solas, repitiendo mensajes de rescate que ya no iban a ningún oído humano.
Los zombies ocuparon las casas, las escuelas, los parques. No celebraron nada. No sabían hacerlo. Se quedaron quietos a veces, mirando al vacío, como si algo antiguo quisiera volver y no pudiera. El mundo siguió funcionando por inercia: el viento movía papeles, los mares subían y bajaban, los relojes marcaban horas que ya no importaban.
Y entonces ocurrió lo peor, lo verdaderamente trágico.
Los zombies empezaron a apagarse.
Uno a uno fueron cayendo, sin ruido, sin hambre, sin rabia. El virus, sin cuerpos vivos que renovar, se consumió a sí mismo. En pocos meses no quedaba ninguno. La Tierra quedó limpia. Silenciosa. Perfecta.
No había nadie para verla.
No había nadie para recordar.
No había nadie para empezar de nuevo.
El apocalipsis no terminó con un monstruo devorando al último humano.
Terminó con un planeta entero esperando, para siempre, a que alguien vuelva a nacer.
martes, 6 de enero de 2026
LOLA Y LA NOCHE QUE HABLÓ SAN JULIÁN
El siguiente relato que he escrito como siempre desde el corazón, he decidido que tras grabarlo para la radio, lo escuches. Es un relato que debe ser escuchado con calma, con auriculares y abrir bien los oídos y el corazón para que Lola, su barrio y los magos de oriente entren de lleno en tí.
miércoles, 31 de diciembre de 2025
FLIPI
El frío de diciembre se pegaba a las aceras de Móstoles como una segunda piel. Era un frío de los años noventa, seco y honesto, de bufandas de lana áspera y guantes heredados, de vaho saliendo de las bocas y de radios encendidas para combatir el silencio. La Navidad se anunciaba en las luces temblonas de la avenida, en los villancicos que escapaban de las tiendas y, sobre todo, en el murmullo constante de la banda ciudadana, la vieja radio de 27 megahercios que nunca dormía del todo.
Rafa tenía doce años y no veía la escarcha dibujada en los coches ni las bombillas de colores colgadas en los balcones, pero conocía cada rincón del barrio por el sonido que hacía. Sabía cuándo estaba cerca del quiosco por el tintineo de las monedas, cuándo pasaba el autobús por el resoplido grave del motor, y cuándo llegaba la Navidad porque la banda se llenaba de risas, voces nuevas y saludos largos.
Rafa era ciego desde niño, pero en la radio veía más que nadie. En su habitación, al fondo del piso, junto a la ventana mal aislada, descansaba su tesoro: una emisora de banda ciudadana con el micrófono gastado y el canal selector duro, regalada por un tío suyo que durante años fue una voz habitual en la banda y que un día, sin más, decidió dejar la radio para dedicarse a otras aficiones. Su padre se la había instalado sobre una mesa coja, con un cable que cruzaba la pared hasta una antena improvisada en la ventana del bajo en el que vivían.
Cada noche, Rafa encendía el equipo y el mundo se ordenaba en voces.
—Aquí Base Trébol llamando para el trivial, cambio —decía una voz grave desde algún punto del sur.
Rafa sonreía. El trivial en la banda ciudadana era uno de sus juegos favoritos. No hacía falta tablero ni fichas, solo memoria y rapidez. Cada canal se convertía en una mesa invisible donde hombres y mujeres de Móstoles, Alcorcón, Fuenlabrada o Leganés lanzaban preguntas al aire: capitales, canciones, refranes, fechas imposibles.
Rafa participaba con el indicativo que se había ganado: Flipi. Siempre atento.
—Adelante Flipi, te toca —le decían.
Y él respondía sin titubear, con una seguridad que sorprendía a quienes no sabían que aquel niño ciego pasaba horas escuchando la radio, aprendiendo de todo lo que sonaba. En la banda nadie preguntaba cómo eras, solo si estabas ahí. Y Rafa estaba más que nadie.
Las noches de diciembre se alargaban con el frío. Su madre protestaba desde la cocina, diciéndole que no se pegara tanto a la radio, que se le iban a helar las manos. Pero su padre, soldador de estructuras metálicas, le guiñaba un ojo y le dejaba estar. Sabía que aquella caja llena de ruido era, para Rafa, una ventana.
En los canales se hablaba de todo. De fútbol, de la cuesta de enero, de la lotería que nunca tocaba. Pero cuando se acercaban las fiestas, había algo especial. Alguien proponía una cacería del zorro y el ambiente cambiaba.
La cacería era un juego popular de la banda ciudadana: uno se escondía, emitía breves señales, y los demás tenían que localizarlo recorriendo las calles con sus emisoras, siguiendo la intensidad de la señal como quien sigue un rastro invisible.
Rafa no podía salir a buscar al zorro con los demás, pero participaba desde casa. Escuchaba las emisiones cortas, los tonos, los silencios. En su cabeza se dibujaba un mapa sonoro de Móstoles: sabía si el zorro estaba cerca del polígono por el eco metálico, si se movía por el parque por el viento colándose en el micrófono. A veces, incluso acertaba antes que nadie.
—El zorro está cerca de la estación vieja, seguro —decía Rafa.
—Este chaval tiene un radar en la cabeza —respondían riendo al otro lado.
La noche de Nochebuena cayó con un frío más duro que otros años. Rafa cenó rápido, nervioso, porque había cacería especial navideña. Su madre le colocó una bufanda alrededor del cuello aunque no fuera a salir, como si así pudiera protegerlo también de lo que no se ve. Su padre ajustó la antena en la ventana y le deseó suerte.
La banda estaba llena. Más que nunca. Indicativos conocidos, voces amigas, incluso gente que llevaba tiempo sin aparecer. El zorro comenzó a emitir: una señal corta, limpia, juguetona. Los móviles salieron a la calle, los coches arrancaron, las risas llenaron los canales.
Rafa escuchaba con los ojos cerrados, como siempre. Cada emisión era una pista. Cada interferencia, una sombra.
En un momento dado, el zorro habló.
—Feliz Navidad a todos… y cuidado, que el frío engaña.
La voz le resultó familiar. Demasiado.
Rafa sintió un nudo en el estómago. Esperó la siguiente emisión, afinó el oído, buscó el temblor leve, ese modo de arrastrar las eses.
—Papá… —llamó en voz baja.
Su padre se acercó.
—¿Qué pasa, campeón?
—Ese zorro… —dijo Rafa despacio—. Ese zorro es el tío.
El silencio se hizo denso en la habitación, roto solo por el chisporroteo de la emisora. Su padre no respondió de inmediato. Se sentó en la cama, apoyó los codos en las rodillas y suspiró.
—Hace tiempo que no sabemos nada de él —dijo al fin—. Igual solo se parece.
Rafa negó despacio. No hacía falta ver para saberlo.
El zorro volvió a emitir una última vez.
—Para Flipi… —dijo la voz, ya sin juego—. Nunca dejé de escucharte. Solo necesitaba saber que seguías ahí.
La señal se cortó.
Nadie volvió a localizar al zorro aquella noche. En la banda se fueron despidiendo uno a uno, entre risas cansadas y deseos de feliz Navidad. La casa quedó en silencio. Rafa apoyó las manos sobre la emisora aún caliente y sonrió con una tristeza suave, de esas que no duelen del todo.
Su madre apareció con un plato de turrón y lo dejó en la mesa. Su padre le pasó el brazo por los hombros.
—La radio une a la gente, hijo —dijo—. Incluso cuando parece que están lejos.
Rafa asintió. Afuera, Móstoles dormía bajo el frío. Dentro, la emisora seguía encendida, como un corazón pequeño y obstinado. Rafa supo que, pasara lo que pasara, mientras existiera una voz al otro lado, nunca estaría solo.
Aquella Nochebuena, sin verlo, vio la Navidad más clara que nunca.
lunes, 29 de diciembre de 2025
LA DECISIÓN DE MERCHE
En el barrio de bloques bajos y ropa tendida entre ventanas, donde los radiocasetes escupían Camela y Los Chichos y los niños jugaban al fútbol con porterías de piedras, Merche aprendió demasiado pronto lo que era crecer. Tenía diecisiete años, el pelo negro siempre recogido con una pinza barata, pendientes de aro grandes y una mirada que parecía aguantar el mundo. Gitana, hija de un hombre serio y una madre cansada, vivía con el corazón encogido y la risa fácil.
David llegó a su vida una tarde de verano, apoyado en una moto prestada, con veinte años recién cumplidos y una chupa vaquera gastada. Escuchaba a Héroes del Silencio y fumaba Ducados como si eso le hiciera mayor. Se conocieron en la plaza, entre miradas robadas y bromas torpes, y el amor les cayó encima sin pedir permiso. Se querían con esa intensidad que solo existe cuando no se sabe medir el daño.
Los domingos se sentaban en un banco, compartían una bolsa de pipas y hablaban de irse lejos, de trabajar, de tener algo propio. El barrio les quedaba pequeño, pero también era todo lo que tenían. Cuando Merche empezó a marearse por las mañanas y a contar los días con miedo, lo supo antes incluso de hacerse la prueba. Aquella rayita rosa le tembló en las manos como un presagio.
David la abrazó fuerte cuando se lo dijo, con más miedo que palabras. Prometió hacerse cargo, buscar trabajo, lo que hiciera falta. Pero el rumor corrió rápido, como todo en los barrios humildes, y cuando los padres de Merche se enteraron, el mundo se les vino encima. No gritaron. Fue peor. Decidieron protegerla a su manera: alejándola.
Una noche, sin despedidas largas, la subieron a un coche viejo y la mandaron a Chiclana de la Frontera, a casa de unos tíos lejanos. “Allí nadie te señalará”, le dijo su madre sin mirarla a los ojos. Merche dejó atrás su habitación, su barrio, y a David, con un nudo en la garganta que no la dejaba respirar.
En Cádiz el aire olía a sal, pero Merche solo sentía ausencia. Pasaba las tardes sentada en el patio, acariciándose la barriga aún plana, pensando en Madrid, en las cintas de cassette, en el banco de la plaza. Las llamadas eran pocas y cortas. David decía que la quería, pero la distancia pesa más que las promesas.
Una madrugada, David metió cuatro cosas en una mochila, arrancó su Renault 19 gris —con el salpicadero agrietado y una cinta de Extremoduro puesta— y se lanzó a la carretera. Condujo horas, con los nudillos blancos y el corazón desbocado, repasando en la cabeza todo lo que no había dicho. Paró solo para echar gasolina y llamar desde una cabina, dejando monedas caer una tras otra.
Cuando llegó a Chiclana, preguntó hasta dar con la casa. Merche lo vio desde la ventana y el tiempo se detuvo. Bajó corriendo, sin pensar en nada más, y se abrazaron como si el mundo pudiera desaparecer en ese gesto. Lloraron los dos. No había discursos, solo verdad.
Los tíos miraban desde la puerta, serios. Los padres de Merche llegaron después, avisados por el revuelo. Hubo palabras duras, reproches, miedo. David habló con la voz rota, pero firme. Dijo que no era un crío, que amaba a su hija, que el bebé no era una vergüenza. Merche, por primera vez, alzó la voz delante de todos. Dijo que no estaba rota, que no necesitaba esconderse.
No fue una victoria limpia. Hubo silencios largos y miradas que dolían. Pero aquella noche no la obligaron a quedarse. Volvieron a Madrid juntos, con el Renault 19 avanzando despacio, como si cuidara el futuro que llevaba dentro.
El barrio seguía siendo humilde, los problemas no desaparecieron y la vida no se volvió fácil. David trabajó donde pudo, Merche aprendió a ser madre siendo casi una niña. Pero cuando, años después, paseaban con su hijo por la misma plaza donde todo empezó, con una radio sonando a lo lejos y el sol cayendo entre los bloques, Merche supo que, a pesar de todo, habían ganado algo: el derecho a elegir su propio camino.
jueves, 25 de diciembre de 2025
CUENTO DE NAVIDAD
Al final de una calle oscura y humilde de un barrio cualquiera de Sevilla, vivía Mateo con su familia. Él era un muchacho ciego de nacimiento cuyo bien más preciado era una vieja guitarra de cuerdas gastadas que su abuelo le regaló antes de morir.
La chimenea crepitaba casi sin fuerzas aquella Nochebuena. Los leños se habían consumido hacía ya largo rato. La cena era un vago recuerdo en aquellos estómagos casi vacíos.
Mateo cogió su guitarra y empezó a tocar una soleá. Cuentan que el sonido del instrumento subió por la chimenea y que llegó casi hasta el cielo, dónde se detubo el trineo de Papá Noél. El viejo bajó sin hacer ruido hasta la modesta habitación dónde combatían el frío Mateo y los suyos, se agachó junto al niño y depositó un pequeño presente.
A la mañana siguiente, Mateo no esperaba nada. Papá Noél no había ido nunca a su casa, pero su padre le advirtió de que junto a la chimenea había algo que llevaba su nombre. El niño abrió el presente y se encontró con un juego de cuerdas para su guitarra, además de una nota en Braille que pudo leer con sus manos. En ella el hombre de barba blanca y sonrrisa bondadosa había escrito:
"Para que la música nunca te abandone, ni a tí ni a quién quiera y sepa escuchar"
martes, 23 de diciembre de 2025
LA MONTAÑA
El muchacho avanzaba a tientas por la ladera, hundiendo el bastón en una nieve que crujía como vidrio roto. No veía la montaña, pero la sentía respirar: el viento le golpeaba la cara con cuchillas de hielo, la pendiente le hablaba con cada tropiezo, y el frío se le colaba por los huesos hasta hacerle doler los pensamientos. Llevaba horas sin comer. El hambre ya no era un rugido, sino un vacío limpio, peligroso, como si por dentro se hubiera apagado algo.
Se detuvo a escuchar. En invierno, la montaña no perdona el ruido inútil. Entonces lo oyó: un aullido largo, grave, que no venía de lejos. El lobo estaba allí, moviéndose con cuidado, midiendo cada paso. El chaval tensó el cuerpo. No podía verlo, pero sabía que lo estaban observando. Sintió el miedo como una ola caliente en medio del hielo.
Siguió andando. No había otro remedio. Cada paso era más lento, más torpe. Los dedos ya no respondían, los labios se le habían quedado rígidos, y la respiración salía en bocanadas cortas, blancas. El lobo volvió a aullar, esta vez más cerca. El sonido no era furia: era paciencia.
El muchacho resbaló y cayó de rodillas. El golpe le arrancó el aire. Se quedó allí, inclinado sobre la nieve, escuchando su propio corazón desbocado. El hambre y el frío empezaron a mezclarse, a confundirlo todo. Pensó que tal vez el lobo acabaría con aquello rápido, y la idea, por un segundo, le pareció un descanso.
Oyó pasos. El animal se acercó. El chaval levantó una mano temblorosa, como si pudiera tocarlo. El lobo se detuvo. Olfateó. No atacó.
En lugar de eso, se alejó.
El silencio volvió a caer sobre la montaña, pesado, absoluto. El muchacho esperó el mordisco que no llegó. Esperó el final violento que había imaginado. Pero lo único que encontró fue el frío, más hondo, y el hambre, ya sin dolor.
Cuando dejó de moverse, el lobo regresó. No para matarlo, sino para rodear el cuerpo inmóvil y aullar hacia el valle, anunciando que allí arriba, en el corazón del invierno, la montaña había vuelto a ganar.
viernes, 24 de octubre de 2025
LA VIDA EN SEIS PUNTOS
Tenía ganas de hablar de los mágicos seis puntos, sobre todo ahora que se cumple el doscientos aniversario de su invención.
He reflexionado concienzudamente la mejor manera de enfocar esta entrada y creo que lo primero es comenzar por el principio, que parece una obviedad, cierto es, pero así todos entenderemos el contexto de estas líneas.
Louis Braille vino al mundo un 4 de enero de 1809 en la localidad francesa de Cupvray, muy cerca de París.
Su padre era talabartero, el pequeño Louis pasaba muchas horas jugando en el taller que se encontraba situado en la casa donde vivía la familia.
Cierto día se hallaba enredando con unos punzones y se clavó uno de ellos en un ojo, perdió la vista de éste y al cabo de poco tiempo la infección se le pasó al otro provocándole una ceguera irreversible y total que le acompañaría hasta el final de sus días.
El joven francés fue a la escuela de su pueblo, pero pronto su profesor advirtió que allí no tenían los medios adecuados para enseñar a un niño ciego y junto a sus padres tomó la decisión de enviarlo a una institución para personas ciegas que había en París.
La adaptación del pequeño fue difícil, su estado de salud siempre frágil le hizo pasarlo mal en un lugar que no contaba con un ambiente sano, es fácil imaginar que las condiciones del siglo XIX nada tienen que ver con las actuales y los niños que allí estudiaban tenían que soportar humedades y frío en invierno, así como calor excesivo en verano.
Sin embargo la inteligencia y el tesón del chiquillo pronto sorprenden a sus maestros que ven en él a un alumno aventajado.
Los comienzos no fueron sencillos, ni mucho menos, porque cuando el joven Louis llega al colegio para ciegos se da cuenta de que la manera de aprender que tenían era muy complicada ya que los libros estaban diseñados en planchas de hierro en las que se implantaban letras enormes en relieve que las personas invidentes tenían que tocar para poder leerlas, esto quiere decir que debían pasar toda la mano sobre la superficie de la letra, con lo que resultaba poco práctico, lento y tedioso. Así que Braille comienza a trabajar en un sistema de su propia invención que le permita leer con más comodidad y rapidez.
Las noches sin dormir, con las manos ateridas de frío fueron sus compañeras durante aquellas largas horas que Louis pasó trabajando en la creación del sistema que encendió la luz de la cultura y el saber a millones de personas.
Louis Braille no pudo ver en vida el enorme éxito de su método, ya que cuando falleció a los cuarenta y un años sólo el colegio en el que fue profesor lo había instaurado después de tiempo negándose a ello, sin embargo, años después fueron muchas las naciones que adoptaron la técnica como universal.
En España el invento de Louis llega en 1840, aunque no sería hasta 1918 que se establece de manera oficial, este retraso obedece a que existían dos corrientes, una que defendía la no enseñanza del braille como sistema exclusivo para ciegos ya que se debía enseñar el mismo procedimiento que a las personas videntes y la segunda corriente de pensamiento que sostenía que el método de los seis puntos era el más adecuado para las personas carentes de vista.
Debido a mi experiencia que abarca más de tres décadas con puntos en los dedos, debo afirmar con rotundidad que afortunadamente tuvo éxito esta segunda forma de pensar.
Es aquí donde viene la segunda parte de la entrada de hoy.
Tengo que agradecer desde lo más profundo de mi corazón y mi alma a Louis Braille que inventase la técnica de los seis puntos, ya que sin su tesón y espíritu de superación actualmente millones de personas estaríamos inmersos en la más profunda ceguera cultural, añadiendo así más oscuridad a la que ya padecemos a causa de nuestros inservibles ojos.
Gracias a Louis cuando yo tenía diez años y la luz se apagó encontré todo un universo de sensaciones.
Pensaba que las cosas no podían ir peor, hacía pocas semanas que me habían operado de los ojos y aunque mi vista nunca fue algo destacable en mi persona, si que me permitía valerme por mí mismo en muchas situaciones cotidianas del día a día, desde jugar al fútbol viendo el balón, montar en bici sin estamparme con nada, correr por la calle o en los parques de Móstoles, bañarme en el río o la piscina con mis primos… todo un mundo infantil que atesoro con gran cariño dentro de mí, se vino abajo casi de un día para otro.
Recuerdo mis ojos lamentarse del mal que les aquejaba, las tardes con la cabeza apoyada en el pecho de mi madre llorando de dolor, las noches sin pegar ojo, mi mamá echada a mi lado, tratando de consolarme, el hospital, la promesa ilusionante de que las cosas mejorarían, nada más lejos de la realidad.
Desperté en una cama de hospital, todo a mi alrededor era oscuridad, las voces de mis familiares susurradas con miedo e incertidumbre.
Regresé a los pocos días a mi casa de Móstoles, aunque ya nada era como lo recordaba. La luz seguía entrando por el enorme ventanal del salón, aunque yo ya no la podía ver, mi madre me daba las cosas en la mano, que tampoco podía ver, mi hermano quería que jugase con él al fútbol, pero ya no distinguía la pelota, deseaba montar en mi vieja bicicleta, sin embargo no percibía el color de la misma, ni la calle por la que pretendía transitar, con lo que todo se convirtió en una misión casi imposible.
Fueron días, semanas y meses difíciles, el tiempo pasó, después de la convalecencia regresé al colegio. Me negaba a llevar bastón, a pesar que desde la ONCE se me brindó toda la ayuda imaginable, enviando a profesionales de la movilidad para personas ciegas, mi tozudez no conocía límites, los porrazos empezaron a formar parte de mi día a día. Mi “yeya” compró un radiocasete para que grabase las clases y poder así seguirlas, yo lo usé para escuchar a camarón, Los Chichos y tijeritas en el patio de la escuela, con un montón de chavales haciéndome los coros y tocando las palmas a mi alrededor.
Mis padres comenzaron a desesperarse, los imagino casi tan perdidos como yo y aunque desde la ONCE hacían todo lo humanamente posible, el niño no reaccionaba positivamente a los estímulos que se le ofrecían.
Sin embargo un día cambió todo.
Recuerdo su nombre, Belén, su voz dulce, alegre, llena de buenas intenciones, era profesora de la ONCE y venía a enseñarme algo.
Oí un sonido de papeles sobre mi pupitre, percibí el olor de los folios, sus manos suaves se posaron sobre las mías de niño y con mimo las guiaron a través de un laberinto de puntos, no supe que era aquello, mi confusión era evidente. Ella desplegó toda su paciencia y comenzó a explicarme los rudimentos básicos de aquel extraño sistema que se localizaba en aquel grueso papel lleno de granitos de arroz que no significaban nada para mí.
Pasaron los días y las semanas y la luz fue apoderándose de mis dedos, comencé a descifrar letras que fueron formando palabras, cosas simples: mamá, cubo, dedo, dad, bebé, palabras que se fueron convirtiendo en frases, también simples al principio:
Mi mamá me ama
Dame la mano
Dame agua
Y así, muy poco a poco las frases simples se complicaron.
Apareció un pequeño cuento, no sé si fue Belén quien lo consiguió en la ONCE, lo cierto es que me sorprendió comprobar que a los pocos días lo había leído yo sólo y quise probar la sensación de escribir y entonces… se hizo la magia, una magia ruidosa y pesada, un día trajo a clase algo que llamaba Perkins, una máquina para escribir braille, yo lo había intentado con la pauta, pero me resultaba enormemente pesado y difícil, aquella máquina supuso una auténtica revolución y al mismo tiempo que adquiría velocidad en las yemas de los dedos para leer, también hice lo propio para escribir.
Belén me habló de algunas revistas infantiles que publicaba la ONCE y apareció en mi vida “Trasto”, por sus páginas desfilaban las aventuras y desventuras de otros muchachos ciegos como yo, relatos, cuentos y vivencias se daban cita mensual en aquellas pocas hojas.
Llevaba las revistas a todas partes, en el autobús que me llevaba a la escuela, en el coche de mi padre cuando íbamos de fin de semana a alguna parte, a la casa de mis “yeyos”, al parque, al recreo… se convirtieron en mis compañeras inseparables, bueno, mías y de mis dedos, porque llegaron a dolerme las manos de tantísimo como leí.
Se produjo un acontecimiento asombroso para mi mente infantil, poco a poco y a base de practicar, mis dedos parecían tener alas, leía a una velocidad increíble, no sólo para leer, también para escribir.
Y de pronto empezó a entrar gente en forma de páginas y más páginas en braille por la puerta de mi casa, Valencia, Sevilla, Madrid y… ¡también desde fuera de España! Comencé a cartearme con decenas de niños que como yo estaban ansiosos por conocer a otros chavales con sus mismas inquietudes, de aquellos folios llenos de puntitos nació en muchos casos una amistad que perdura tres décadas después.
Pasó el tiempo y cuando creí que nada podría sorprenderme de nuevo, un viernes por la tarde (era habitual que nos desplazásemos de Móstoles al barrio de Tetuán a ver a mis “yeyos”) al llegar mi “yeya” Carmen me dijo que subiese al cuarto que el abuelo había traído algo para mí. Aquel cuarto era el que mi padre ocupaba de soltero, subí entusiasmado creyendo que lo que allí me esperaba era un aparato de radio, pues ya en aquellos años ese era el mejor juguete que se me podía regalar, no obstante lo que allí encontré me dejó con la boca abierta, ¡un libro! Un libro en braille, pensé que mis abuelos se habían vuelto locos, yo no sería capaz de leer un libro, sin embargo no dudé en comenzarlo, pasó lo que para mí fue poco tiempo cuando me llamaron para que bajase a cenar, comprobé las paginas leídas hasta aquel momento y… ¡treinta!. Aquel libro se titulaba Los cinco lo pasan estupendo y fue la primera aventura que pasó por mis dedos, tras ella y durante aquellos años por mis manos desfilaron Colmillo blanco, La historia interminable, El pequeño vampiro y otros muchos que hicieron mis delicias.
Aquel ritual se convirtió en una tradición y casi cada semana al abrir mi abuela la puerta de su casa y tras saludar efusivamente a la familia, me invitaba a subir a la antigua habitación de mi padre para que viese lo que me había traído el abuelo, aquel recuerdo lo atesoro con nostalgia, cariño y sobre todo un agradecimiento profundo, ya que mis “yeyos” plantaron en mi la semilla del devorador de libros en el que me he convertido hoy.
Ha pasado una vida de todo aquello, mis abuelos y mi padre hoy me contemplan desde el cielo, belén estará jubilada y los niños que armaban jaleo escuchando a Camarón, el Tijeritas y Los chichos en el patio del colegio conmigo, serán padres de otros niños. No obstante y por mucho que pase el tiempo, lo que nunca se diluirá es el amor incondicional que siento por estos seis pequeños puntos, la gratitud que no cabe en estas líneas hacia aquel joven francés que hace dos siglos inventó aquel sistema que hizo libres a todos los ciegos del mundo.
Gracias Louis, sin ti no habría podido leer una nota musical, el nombre de un medicamento, el número de piso al que voy cuando subo en un ascensor, no habría conocido a colmillo Blanco, no sabría nada de Bastian y de su increíble peripecia por el país de fantasía, sin ti Los cinco habrían sido solo un número y no cuatro muchachos y un perro en busca de aventuras, gracias Louis porque sin tu esfuerzo e inventiva hoy no sabría que Valencia empieza con v y Betis con b.
Gracias, AMIGO
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